XX Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A
- P. Gabriele Saccani
- 14 ago
- 3 min de lectura
La oración con la que abrimos la celebración de este domingo es maravillosa; dice: “Infunde en nosotros el anhelo de amarte”. Si nos preguntamos qué pedir a Dios, tendríamos que pedirle siempre esto: un amor auténtico hacia Él, una respuesta de amor ante todo lo que el Señor nos regala. ¿Qué tipo de vida es aquella que no se inflama de amor y gratitud hacia Dios? Si Dios es el sentido, la meta y el destino de nuestra existencia, ¿cómo no sentir en nosotros el anhelo de amarlo?
El problema es precisamente este: que vivimos desmemoriados. Se nos olvida este amor y pasan las horas de nuestro día sin que pensemos una sola vez en Él. Pensamos en el trabajo, en la familia, en la comida, en las tareas diarias… pero en medio de todo esto, muchas veces no dejamos un espacio en nuestra mente y corazón para Dios. Por eso le pedimos a Él mismo que nos conceda el “anhelo de amarle”. Esta consideración nos permite acercarnos al Evangelio de hoy.
Jesús entra en el territorio de Tiro y Sidón, una región poblada por paganos, extranjeros para los israelitas. En cierto modo, nosotros también éramos como extranjeros frente a Dios antes de conocerle. Como afirma San Pablo, éramos rebeldes, pero se nos manifestó su misericordia.
Es muy interesante esta idea del extranjero: el profeta Isaías, en la primera lectura, afirma que Dios conducirá a los extranjeros a su monte santo y allí los llenará de alegría. El pueblo de Israel era el pueblo elegido, el único al cual Dios se había dado a conocer y que había recibido de Él las promesas, el culto y la alianza. ¡Qué novedad resulta escuchar esta profecía! No solo los israelitas, sino también todos los demás pueblos habrán de conocer a Dios. Aquellos que no pertenecían originariamente al pueblo judío también serían coherederos de las promesas divinas. Jesús, al entrar en tierra pagana, sale
a nuestro encuentro y camina hacia nosotros.
Esto se hace concreto y real en Cristo, en el encuentro evangélico de hoy. Se le acerca una mujer cananea, es decir, una mujer pagana. A los ojos de los acompañantes de Jesús, todos ellos judíos, era una mujer impura. Sin embargo, en su corazón de madre resplandece esa llama, ese deseo de Dios, esa necesidad de recibir de Él aunque fuera una sola mirada. Vivía en la cananea, como en el corazón de todo ser humano, el anhelo de conocer al Señor.
Ella se dirige a Jesús llamándolo “Señor, Hijo de David”. Su confianza nace de una fe incipiente pero profunda: reconoce quién es Cristo. Aunque en un primer momento Jesús parece no prestarle atención y probar su fe, la insistencia y la humildad de esta mujer terminan por conmoverlo. Ella reconoce que hasta “los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”; una humildad que nos asombra. Y Jesús le responde: “¡Mujer, qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.
Ojalá que también nosotros vivamos así. Al seguir a Jesús, nuestros deseos más profundos encuentran su cumplimiento. Él viene a nuestro encuentro para despertar en nosotros el anhelo de amarle; y en este amor, lo más íntimo de nuestro ser se realiza, alcanza su plenitud y encuentra esa paz y alegría que son fruto de la gracia.
¡Ave María Purísima!





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