top of page

Domingo semana 19 año A, 9 de agosto, México.

  • Foto del escritor: P. Stefano Peruzzo
    P. Stefano Peruzzo
  • 9 ago
  • 3 min de lectura


El Evangelio de hoy nos relata un milagro bastante particular: Jesús camina sobre las aguas. ¿Por qué es particular? Jesús, a lo largo de su ministerio, hace varios milagros. ¿Dónde está la peculiaridad de este? Si nos fijamos, los milagros tienen siempre un propósito, un objetivo: sanar a una persona, liberarla del demonio, darle de comer a los hambrientos, etc. En cambio, caminar sobre las aguas parece no tener ningún objetivo, es verdad, cuando Jesús sube a la barca el viento se calma, pero los apóstoles no estaban en peligro de muerte. El texto nos dice que simplemente les costaba la travesía del mar porque había mucho viento contrario, pero no estaban en peligro. ¿Entonces? ¿Cuál es el objetivo de este milagro?

Para descubrirlo tenemos que leer la primera lectura. La Iglesia, en la liturgia de los domingos, siempre pone la primera lectura relacionada con el Evangelio. La de hoy habla de Elías que, en un momento particular de su vida, recibe la visita del Señor. El Señor se le manifiesta a través de una suave brisa.

Así que, el milagro de caminar sobre las aguas tiene como objetivo manifestar a los apóstoles la naturaleza divina de Jesús. De hecho, el Evangelio termina con una profesión de fe por parte de los apóstoles. Para el pueblo judío solamente Dios podía caminar sobre las aguas. Los judíos no eran navegantes, iban a pescar sí, pero no eran expertos en los vientos, en la navegación y, por consiguiente, el mar les daba miedo. Además, quién sabe lo que puede esconderse debajo de las aguas, quién sabe qué monstruos pueden estar al acecho. El mar en la cultura judía es símbolo del mal que se opone a Dios, por eso solamente Dios puede caminar sobre las aguas, porque Él es más fuerte que las aguas, Dios es más fuerte que el mal.

Si damos un paso hacia atrás, notamos que es el mismo Jesús que pide a los apóstoles subir a la barca. Es como si Jesús invitara a los apóstoles a enfrentar el mal, a enfrentar el miedo al mar, pero ¿qué pasa? Que ellos, solos, no pueden vencer el mal, no pueden superar el miedo al mar, necesitan la ayuda del mismo Dios. De hecho, la reacción de Pedro es maravillosa. Pedro está enfrentando el mar junto con los demás apóstoles, es un pescador y sabe que el mar es peligroso, sabe que su única seguridad es la barca, sin embargo, deja esta seguridad y pide al Señor poder caminar sobre las aguas. Le pide el milagro al Señor y se fía de Él. Pensémoslo un momento: el Señor todavía está lejos de la barca y Pedro sale de ella y empieza a caminar sobre las aguas fiándose totalmente del Señor. Para poder enfrentar las dificultades de la vida tenemos que hacer como Pedro: dejar nuestras “seguridades” humanas y seguir al Señor. El Señor nos invita a hacer cosas grandes, nos invita a caminar sobre las aguas, pero la condición es dejar nuestras “seguridades” humanas y seguirle.

Y el relato no termina aquí porque Pedro, que empezó muy bien, fiándose de Jesús, luego aparta la mirada de Él, empieza a enfocarse en las dificultades, en el viento más que en Jesús y empieza a hundirse. También nosotros podemos empezar con mucha fe y entusiasmo y luego tambalearse, vacilar durante el camino. ¿Qué hacer en estos casos? Volver a poner la mirada hacia el Señor y, tal como Pedro, gritarle que nos salve. Reconocer una vez más que Él es Dios y solamente de Él puede venir nuestra salvación.

No podemos soñar con eliminar de una vez para siempre nuestros miedos o las dificultades de la vida, porque cuando superamos una se nos presentará otra. El punto no es tanto esto. El punto central es otro. La pregunta que tenemos que responder una y otra vez durante toda nuestra vida es ¿creo real y verdaderamente que Jesús es Dios, que Él ha vencido el mal?

Comentarios


bottom of page