Homilía Domingo XXI T.O. Año A
- P. Giovanni Ferrari
- hace 2 días
- 3 min de lectura
«Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» (Mt 16, 15). Esta pregunta Jesús la hace a sus discípulos después de haber estado un tiempo con él, y decide hacérsela en Cesarea de Filipo, una tierra pagana donde se adoraban ídolos cananeos. La gente, ante esta pregunta, no sabía qué responder: algunos decían Juan el Bautista, otros Elías o Jeremías. Esto nos dice que Jesús, al dirigir esta pregunta a sus discípulos, sabía que no era nada obvio que ellos hubieran entendido quién era.
El Evangelio de hoy nos dice cómo el camino de conocimiento de Jesús es un camino de liberación del hombre y de revelación al hombre de su misma identidad. Hace poco tiempo, un chico de dieciocho años me decía que el encuentro con los amigos de la Iglesia poco a poco lo llevaba a responder a muchas preguntas que él tenía, sobre todo a la pregunta de «quién soy yo». Me llamó mucho la atención que un joven me lo dijera, porque es cierto que es muy fácil vivir dando por sentada nuestra identidad más profunda.
Un documento del Concilio Vaticano II dice que «Cristo revela el hombre al propio hombre» (Gaudium et spes, 22). Es decir, solo en el encuentro con Cristo el hombre puede descubrir quién es, porque en Cristo encuentra el origen, el sentido y el fin de su propia vida.
Es por eso que, cuando Simón, hijo de Juan, dijo a Jesús que él era el Hijo del Dios vivo, Jesús le contesta: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Después de que Simón revelara conocer quién era Jesús, Jesús mismo le dice quién era Simón. Así es nuestra vida: solo conocer a Cristo nos revela quiénes somos. Sin conocer a Cristo seguimos viviendo: comemos, dormimos, tenemos hijos, trabajamos… pero nos falta el sentido de la vida, el significado por el que se nos dio la vida y, por ende, es como si no viviéramos de verdad. Es como si en nuestra vida faltara algo fundamental: su significado.
No por casualidad, cuando Jesús revela a Simón quién era, le cambia el nombre: lo llama Pedro por una razón, porque dice: «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16, 18). Jesús revela a Simón su identidad hasta cambiarle el nombre, porque en el encuentro con Cristo nuestra vida cambia radicalmente; la vocación que Cristo nos dona es como un nuevo nacimiento, el hombre nuevo que toma el lugar del hombre viejo.
Para Pedro, esta identidad nueva consistía en ser la piedra sobre la cual Cristo iba a construir su Iglesia. La nueva identidad de Pedro estaba estrechamente vinculada a lo que es la Iglesia, el Reino de Dios en este mundo, el cuerpo con el que Cristo se nos dona hoy.
Pedro llega a ser la roca sobre la cual muchísima gente arraigará su fe. Y lo mismo pasa con nosotros. Todos nosotros somos piedras y, conforme vamos conociendo a Cristo, nos damos cuenta de que este también es nuestro nombre porque es también nuestra vocación: construir la Iglesia, trabajar por el Reino de Dios, anunciar el Evangelio, dar a conocer a Cristo a la gente, llevar los sacramentos a los que los necesitan…
Hace pocos días, un amigo me decía: «Cuanto más pasa el tiempo, más me doy cuenta de que de nuestra vida solo se quedará nuestra participación en la construcción del Reino de Dios; todo lo demás se marchita». Es cierto, todos tenemos la vocación de Pedro, porque a todos Cristo nos llama a ser piedras vivas de su Iglesia, a vivir para esperarlo y anunciarlo. En esto nuestra vida encuentra su sentido, se llena de gozo y alegría, aprende a ser un don de amor. Esto es lo que nos salva de la nada del tiempo que todo lo destruye, porque lo que vivimos se vuelve algo eterno.





Comentarios