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XVIII Domingo TO Is 55,1-3; Rm 8, 35. 37-39; Mt 14, 13-21

  • P. Tommaso Badiani
  • 2 ago
  • 3 min de lectura

¿Qué cosa podrá apartarnos del amor con el que nos ama Cristo?


La pregunta de San Pablo, en la primera lectura, nos apremia: ¿creemos de

verdad que no existe situación, por más terrible y oscura que sea, que nos

pueda alejar del alcance del amor de Cristo? ¿De verdad no hay abismo de

soledad o desesperación en el que la luz de Cristo pueda entrar y

alcanzarnos?


Quisiera brevemente compartir dos episodios de mi vida que muestren la

verdad de la afirmación de Pablo: «Estoy convencido de que ni la muerte ni

la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni el presente ni el futuro, ni los

poderes de este mundo, ni lo alto ni lo bajo, ni criatura alguna podrá

apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo Jesús».


Antes de llegar a México estuve tres años en Estados Unidos. Por razones

que aquí no explico, se trató de años muy complicados y difíciles. Me sentía

atrapado por la situación. Creo que esto le ha pasado a todos: la vida se pone

tan complicada que, mires por donde mires, no ves ninguna salida. Un

verano, regresando a Italia, hablé y me desahogué con mi padre espiritual del

seminario, Michael, suizo. Un hombre que quiero mucho, pero de muy pocas

palabras, tímido y muy reservado. Al final de la plática me dijo algo que no

me esperaba de una persona como él: «Bueno, no te olvides que siempre

existen los amigos, aunque vivan al otro lado del océano. También, gracias a

la tecnología, puedes ponerte en contacto con ellos». Le pregunté asombrado:

«Michael, ¿me estás diciendo que puedo llamarte?». Él, por ser muy tímido,

se puso todo rojo y me dijo: «Pues, claro». Me sentí como renacido: en medio

de la tribulación, una luz se prendía nuevamente en mi vida. Por un año y

medio, con la exactitud de un reloj suizo, cada mes Michael me llamaba y me

dedicaba una hora de su tiempo.


Otro episodio, un poco más lejano en el tiempo, durante la universidad. Al

final de mi primer año de arquitectura, durante el verano me fui a trabajar en

un estudio de arquitectos a Londres, por dos meses. Acababa de encontrar la

comunidad de Comunión y Liberación, el movimiento católico al cual

pertenezco. Me habían invitado a un retiro con ellos, pero yo,

obstinadamente, me decidí por la idea de hacer una experiencia laboral en el

extranjero. Como no tenía mucho dinero, el único lugar que encontré para

dormir fue un albergue que tenía cuartos con literas. Compartía el cuarto con

otras doce personas. Sin embargo, yo estaba allá para trabajar y los demás

para ir a fiestas. Así que, durante la noche, regresaban por la madrugada

medio borrachos. Mi situación era esta: durante la noche no podía dormir

bien, me pasaba todo el día trabajando en mi computadora y vivía en una

ciudad enorme donde no conocía a nadie. Después de tres semanas así estaba

muy angustiado, me sentía extremadamente solo —consideren que a menudo

cenaba solo en el McDonald’s— y abandonado. Una mañana, durante el

trabajo, inesperadamente, llegó una llamada de Italia. Contesté y era mi

amigo Angelo, de la comunidad. «¿Cómo estás? ¿El trabajo?». No logré

decirle la verdad y me limité a decirle que todo iba bien. Después le pregunté:

«¿Por qué me llamaste?». Y me contestó: «Nada, solo quería saludarte y

saber cómo estabas». En medio de aquella soledad, el hecho de que alguien

que no fueran mis padres me llamara para saber cómo estaba fue como un

vaso de agua en medio del desierto: me sentía solo, pero, en realidad, no

estaba solo. Alguien pensaba en mí.


Retomamos las preguntas de Pablo: «¿Qué cosa podrá apartarnos del amor

con el que nos ama Cristo? ¿Las tribulaciones? ¿Las angustias? ¿La

persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada?»

La experiencia nos muestra que nosotros podemos apartarnos de Cristo,

alejarnos de Él, sumergirnos en profundidades de soledad; sin embargo,

Cristo nunca se aparta de nosotros, siempre busca caminos para recuperarnos.


Necesitamos mirar a los episodios de nuestra vida en que eso ha pasado, para

que crezca en nosotros la misma certeza de Pablo: «Estoy convencido de que

nada podrá apartarnos del amor que nos ha manifestado Dios en Cristo

Jesús».


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