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EL AMOR RAÍZ DE TODO AMOR

  • P. Tommaso Badiani
  • 28 jun
  • 4 min de lectura

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí». Las

palabras de Jesús, a menudo, son muy fuertes y duras, tal vez nos parecen

exageradas y nos provocan cierta aversión. Por eso es importante detenerse en la

repulsión que nos provocan, no evitarla, e intentar entrar en el significado profundo

que nos comunican.


En estos días vino a visitarme mi mamá. Han sido, por supuesto, días muy bonitos,

aunque no fáciles.


Ante todo, a pesar de que tengo 38 años y soy sacerdote, sigue tratándome como a

su hijito de diez años: me dice lo que tengo que hacer: «¿Todavía no has

desayunado? Te veo cansado, ¿por qué no vas a descansar un poco?»; me regaña

sobre cómo me porto con la gente: «¿Has visto que te han saludado? ¿Por qué no

les contestaste? Eres un sacerdote, tienes que portarte bien»; si estornudo, empieza

el interrogatorio: «¿Qué tienes? ¿Por qué no te cuidas?» y, a pesar de que no sabe

una palabra de español, sale a la calle para buscar una farmacia.


Si eso no fuera suficiente, ciertas actitudes que ella tiene son las actitudes que

intento corregir en mí. Por ejemplo, ella es muy provocadora y le gusta molestar y

apenar a la gente. El otro día, por ejemplo, compró un poco de agua y le dijo al p.

Stefano: «Oh, tú que eres grande y fuerte, ¿por qué no me ayudas a subir el agua?».

Él le contestó que iba a pasar por su cuarto y que luego la iba a ayudar. Como se

fue, ella la subió sola y, cuando él volvió, lo atacó inmediatamente: «Muchas

gracias; si te hubiera esperado, el agua habría llegado mañana». Y él, apenado, le

dijo que había llegado, pero que el agua ya no estaba. Cuando veo estas actitudes,

que me molestan y al mismo tiempo se reflejan en mí, hay una voz en mí que dice:

«¡Ves de dónde vienes!».


Otra actitud: no quiere que nadie la ayude, especialmente ahora que ya está grande.

Si alguien se permite acercarse para ayudarla, contesta de forma muy cortante. El

miércoles, por ejemplo, llegamos al Airbnb que habíamos rentado en Cholula con

el p. Gabriele para pasar algunos días juntos, también con sus papás. La casa tenía

un cuarto abajo y tres arriba. Le dijimos a mi mamá que se quedara en el de abajo y

ella, inmediatamente, contestó: «¡Claro! ¡Porque yo soy una vieja discapacitada

que no puede subir las escaleras!». Cinco minutos después se quejaba conmigo

porque el baño estaba fuera del cuarto y no habíamos tomado en cuenta que, a su

edad, ella necesita ir al baño por las noches.


En una palabra: un caos. No quiero escandalizarlos, pero, si uno empieza a mirar

todas estas cosas, llega a detestar a su mamá y a esperar que el tiempo pase rápido

para que ella se vaya. La vida real destruye todo romanticismo y sentimentalismo:

tu padre y tu madre pueden volverse tus peores enemigos. Cuando Jesús habla de

tomar tu propia cruz, no está hablando de quién sabe qué, sino de tu mamá, tu

esposa, tus hijos, la suegra o el hermano cura.


¿Qué significa, entonces, la frase de Jesús? Podemos traducirla así: «Para amar a tu

padre y a tu madre cuando se vuelven detestables, tienes que amarme a mí más que

a ellos, para que yo pueda darte la capacidad y la fuerza de amarlos así como yo

los amo, de mirarlos así como yo los miro, de una forma más profunda que la

tuya».


El jueves por la noche, todavía estábamos en Cholula. Gabriele y sus padres

salieron a cenar. Yo me quedé solo con mi mamá, que me pidió salir a dar una

vuelta. Había un poco de tráfico por las callecitas, charcos y lodo por todas partes,

y las banquetas semidestruidas. Empezamos a caminar y la veo un poco con

dificultades, y pienso: «¿Sabes qué? Quieres hacerlo todo sola, ¡arréglatelas sola!».

Después de unos pocos minutos, al verla con dificultades, puede ser por gracia del

Espíritu Santo, otro pensamiento me atraviesa la mente: «Y tú, Jesús, ¿Cómo estás

mirando a mi mamá en este momento?». Unas imágenes cruzan mi mente. La veo

niña, cuando una noche escapa de su pueblo con mis abuelos por la quiebra de la

empresa familiar; después, adolescente, perdida en el caos de la gran ciudad

adonde se fueron a vivir; finalmente, sola en su casa - mis padres se separaron hace

muchos años.

«Jesús, tú no la miras como a una señora mayor y a veces un poco molesta, sino

como a una hijita tuya que camina con dificultad en medio de la noche, en medio

del lodo, por una calle desconocida de un país extranjero».


Me nació una gran ternura y amor hacia ella que no tenía cinco minutos antes. Así

que, sin decirle nada, me he acercado a ella, he pasado mi brazo por debajo del

suyo, le he tomado la mano y he empezado a caminar con ella. Ha sido un paseo

hermoso: mamá e hijo, en las calles desconocidas de Cholula.

Cristo no se presenta como un amor alternativo al amor hacia nuestros padres,

hijos, amigos o esposos, sino que se pone como la condición para amarlos

verdaderamente, es decir, amarlos cuando se vuelven detestables.


Pidamos, pues, amar a Cristo para poder amar a nuestros seres queridos.



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