Solo el Amor de Cristo vale la pena
Homilía del Domingo XXVIII del tiempo ordinario

Cuando era pequeño, el día del año que más esperaba era la Navidad. No tanto por cuestiones religiosas, por querer celebrar a Jesús, ¡sino porque sabía que llegaban los regalos del Niño Jesús! Mis papás dedicaban mucho tiempo, en las semanas anteriores, para comprar regalos para nosotros tres, sus hijos; lo mismo hacían los tíos, algunos primos, amigos de familia… Luego, mantenían los regalos escondidos hasta Nochebuena, y esperaban que nos fuéramos a dormir. De noche, en silencio, sacaban todos los regalos y lo ponía debajo del árbol. Y cuando nos despertábamos por la mañana… ¡Sorpresa! ¡Un gran montón de regalos! Entonces, la mañana de Navidad nos poníamos a abrir los regalos, uno a la vez. También mis papás recibían regalos, aunque en menor número. Luego íbamos a Misa para dar gracias a Dios por su bondad, para celebrar el nacimiento de Jesús, nuestro Salvador.
Ahora, muchos años después, pienso en cómo me volvía feliz ese ritual de los regalos. Por un lado, era la felicidad de recibir algún juguete, un “Lego”, algún objeto o pantalón nuevo. Sin embargo, había algo más: la percepción clara de ser amado. Por sí mismo, el montón de regalos era signo de esa verdad, de que existe alguien que me ama inmensamente.
Las imágenes del banquete, que escuchamos en la liturgia de hoy, quieren decirnos los mismo: el Señor nos prepara “un festín con platillos suculentos para todos los pueblos; un banquete con vinos exquisitos y manjares sustanciosos”. “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo”, cocinando a los mejores borregos y reses de su granja. Dios no escatima nada para nosotros. Dice San Pablo: “Dios, que no perdonó a su propio Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a conceder él cualquier cosa?”.
Entonces, entendemos cuál es el verdadero drama de la vida: no gozar del infinito amor con el que Dios nos quiere amar; no entrar en su casa, en la intimidad de su vida, en la cercanía con su Hijo. Decía el padre Giussani a un amigo sacerdote: “Hace ya varios años che yo no lloro más que por dos motivos: el pensamiento de la infelicidad eterna de mis hermanos hombres y el pensamiento de la infelicidad terrenal de los hombres, símbolo de aquella eterna”. Este es el verdadero drama, el dolor extremo: Cristo que nos ama hasta la locura, y nosotros que no le queremos corresponder con el don de todos nosotros. Pidamos al Señor la gracia de una conciencia más clara y sencilla de que sólo el Amor de Cristo vale la pena en esta vida.




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