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Homilía Domingo XXVI del Tiempo Ordinario (Año A)

Foto del escritor: P. Stefano Peruzzo
P. Stefano Peruzzo
27 sept
3 min de lectura

Hoy el Evangelio nos habla de dos hermanos, ¡un tema recurrente en la Biblia! Caín y

Abel, Isaac e Ismael, Jacob y Esaú… Sin embargo, la parábola de hoy nos recuerda a otros

dos hermanos: el hijo pródigo, que abandona a su padre, y el hermano «bueno», que

permanece en casa, aunque, en realidad, no está verdaderamente en ella.

Jesús vino al mundo para decirle al hombre que ha llegado la hora de volver a casa: tanto

para quienes han abandonado a Dios y están perdiendo su vida, como para quienes

aparentemente siempre han permanecido cerca de Dios, en su casa, pero que, en realidad,

están alejados de Él porque no saben vivir como hijos. Dios quiere la salvación de todos.

Las puertas están abiertas para todos, porque Él quiere establecer con cada ser humano una

relación de Padre e hijo.

El Evangelio nos habla de los publicanos y las prostitutas, que nos precederán en el Reino

de los Cielos. Los publicanos son aquellos que viven esclavizados por el ídolo del dinero.

Las prostitutas representan, en cambio, a quienes son esclavos de la perversión de la

sexualidad y del amor comercializado; y, por tanto, a todos aquellos que, de nuevo, viven

bajo la esclavitud del dinero, del dios Mammón, que nos quita la libertad.

Sin embargo, en el Evangelio vemos que estas personas, alejadas de Dios, viven un deseo

de liberación. Son aquellos que, después de haber salido de casa, desean regresar a ella,

donde los espera su Padre. En ellos nace el arrepentimiento, la conversión y el camino de

regreso.

Los sacerdotes y los ancianos, a quienes va dirigida esta parábola, representan, en cambio, a

todos aquellos que siempre han permanecido en casa, que adoran a Dios, pero a quienes, en realidad, no les gusta estar en casa y que, en su corazón, se encuentran en otro lugar.

También ellos necesitan arrepentimiento y conversión, aunque para ellos será más difícil,

porque, en el fondo, se consideran justos.

En el fondo, la parábola nos dice algo muy sencillo: ¡todos necesitamos la conversión! Para

amar a Dios, para ser felices de estar con Él, para vivir como hijos y no como rebeldes,

necesitamos cambiar. Y este cambio se manifiesta, ante todo, en el deseo de cambiar.

Muchas personas que vienen a hablar con nosotros perciben que hay algo que no está bien

en su vida, que necesitan a Dios y que no pueden seguir adelante de esa manera. Sin

embargo, casi todas quieren una solución inmediata, que les resuelva todos los problemas y

que no les exija demasiado esfuerzo. En cambio, son muy pocas las personas que, deseando

este cambio, están dispuestas a ponerse en camino, a cuestionarse a sí mismas y a dar

pequeños pasos concretos.

¿En qué se manifiesta esto? En el hecho de que invitamos a muchas de estas personas a

participar en nuestra vida y, de inmediato, se echan para atrás, porque siempre hay muchas

otras cosas que consideran prioritarias y, sobre todo, está la comodidad de permanecer en

sus pequeñas certezas. Este es el hermano que dice que sí, pero que, en realidad, no va; no

se mueve porque, ante el primer compromiso que le parece más urgente, pospone el de su

propia conversión personal.

El otro hermano, en cambio, después de haber dicho inicialmente que no, va. ¡Y esto debe

darnos consuelo! ¡No nacemos siendo santos! El que cumple la voluntad de Dios es aquel

que, al principio, había dicho que no.

La primera invitación de Cristo al cambio encuentra siempre una resistencia en nosotros.

Intentamos defendernos ante sus exigencias y sus peticiones. Sin embargo, es solamente

cuando nos damos cuenta de las defensas que levantamos contra Dios cuando podemos

comenzar a vencerlas, a romperlas y a entregarnos a Él y a su voluntad.

Lo que va en contra de la voluntad de Dios no es la rebeldía de las prostitutas y los

publicanos, sino la indiferencia, la apatía conformista que nos mantiene alejados de Él,

porque estamos aferrados a nuestras pequeñas certezas y cerrados a la gracia. Esta es la

peor de las actitudes.

Pidamos a Dios, todos los días e insistentemente, un corazón que sea capaz de percibir toda

su propia lejanía de Él y que sepa desear, por encima de todas las cosas y más allá de cada

caída, ponerse en camino para regresar a Él.


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