XXVII Domingo TO
Ez 18,25-28; Fil 2,1-11; Mt 21,28-32
Este domingo, la Iglesia nos invita a meditar sobre la parábola de los
viñadores homicidas. Es una de las últimas parábolas que Jesús cuenta antes
de su crucifixión. Un hombre planta una viña y pone a algunos viñadores a
cuidarla. Cuando llega el tiempo de la vendimia, el hombre envía algunos
servidores para cobrar parte de la cosecha. Por dos veces, los viñadores los
matan. Al final, matan también al hijo del dueño. ¿Qué quiere decirnos Jesús
con esta parábola, exactamente unos días antes de su pasión?
1. Ante todo, nos habla de la paciencia de Dios.
Quiero contarles un ejemplo sobre la maldad humana y la paciencia de Dios.
Mis papás, como todos los papás, son muy diferentes. Mi mamá no es una
persona muy cariñosa. Al contrario, mi papá siempre ha sido muy cariñoso.
Cuando era niño, a menudo pasaba que mi papá me abrazaba e intentaba
besarme. Yo, que soy más parecido a mi mamá, me molestaba muchísimo y,
con mis manos, intentaba alejar su cara y sus besos. Frente a mi rechazo, mi
papá no se enojaba. Al contrario, mi reacción lo hacía reír y, lleno de ternura,
me abrazaba aún más fuerte para besarme.
Esta es la historia entre Dios y el hombre: un Dios que intenta abrazar y besar
al hombre, y el hombre que —sin verdaderas razones— rechaza y rechaza a
Dios.
Dios crea una viña —el mundo— en la que el hombre pueda vivir. Es una
viña maravillosa, que Dios crea con gran cuidado, como nos cuenta la
primera lectura: «Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides
selectas; edificó en medio una torre y excavó un lugar». Hemos sido puestos
en esta viña hermosa: el cielo, las estrellas, las flores, nuestras familias, los
amigos, el mar. Todos estos son como abrazos y besos de Dios: «¿No ves que
te quiero?». Para comunicarnos este amor, Dios hasta nos envía a su Hijo,
Jesucristo.
COmo los viñadores asesinos de la parábola y yo con mi papá, es difícil
entender por qué, en un determinado momento, el hombre decide rechazar
este cariño que Dios le manifiesta. Pero esto es lo que pasa. Y, en este
rechazo, el hombre va contra sí mismo, porque se opone a aquel amor que
está en su origen, a este amor al cual está destinado.
2. El tiempo no es infinito
La parábola termina muy mal: «¿Qué hará con esos viñadores?». Ellos le
respondieron: «Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo
a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo».
El tiempo que tenemos para aceptar o rechazar el abrazo de Dios no es
infinito. Este juego de amor terminará. La vida aquí, en esta tierra, es el
tiempo que se nos ha dado para tomar una decisión. Vamos a ser medidos por
el amor. Con la muerte, Dios no nos obligará a estar con Él, sino que
confirmará por la eternidad lo que libremente quisimos vivir a lo largo de
nuestros días terrenales.
La vida eterna será vivir por la eternidad aquello que hemos decidido aquí:
aceptar o rechazar ese abrazo que Dios nos ofrece con amorosa insistencia
durante nuestra permanencia en este mundo.





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