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XXVII Domingo TO

P. Tommaso Badiani
4 oct
2 min de lectura

Ez 18,25-28; Fil 2,1-11; Mt 21,28-32


Este domingo, la Iglesia nos invita a meditar sobre la parábola de los

viñadores homicidas. Es una de las últimas parábolas que Jesús cuenta antes

de su crucifixión. Un hombre planta una viña y pone a algunos viñadores a

cuidarla. Cuando llega el tiempo de la vendimia, el hombre envía algunos

servidores para cobrar parte de la cosecha. Por dos veces, los viñadores los

matan. Al final, matan también al hijo del dueño. ¿Qué quiere decirnos Jesús

con esta parábola, exactamente unos días antes de su pasión?


1. Ante todo, nos habla de la paciencia de Dios.

Quiero contarles un ejemplo sobre la maldad humana y la paciencia de Dios.


Mis papás, como todos los papás, son muy diferentes. Mi mamá no es una

persona muy cariñosa. Al contrario, mi papá siempre ha sido muy cariñoso.

Cuando era niño, a menudo pasaba que mi papá me abrazaba e intentaba

besarme. Yo, que soy más parecido a mi mamá, me molestaba muchísimo y,

con mis manos, intentaba alejar su cara y sus besos. Frente a mi rechazo, mi

papá no se enojaba. Al contrario, mi reacción lo hacía reír y, lleno de ternura,

me abrazaba aún más fuerte para besarme.

Esta es la historia entre Dios y el hombre: un Dios que intenta abrazar y besar

al hombre, y el hombre que —sin verdaderas razones— rechaza y rechaza a

Dios.


Dios crea una viña —el mundo— en la que el hombre pueda vivir. Es una

viña maravillosa, que Dios crea con gran cuidado, como nos cuenta la

primera lectura: «Removió la tierra, quitó las piedras y plantó en ella vides

selectas; edificó en medio una torre y excavó un lugar». Hemos sido puestos

en esta viña hermosa: el cielo, las estrellas, las flores, nuestras familias, los

amigos, el mar. Todos estos son como abrazos y besos de Dios: «¿No ves que

te quiero?». Para comunicarnos este amor, Dios hasta nos envía a su Hijo,

Jesucristo.

COmo los viñadores asesinos de la parábola y yo con mi papá, es difícil

entender por qué, en un determinado momento, el hombre decide rechazar

este cariño que Dios le manifiesta. Pero esto es lo que pasa. Y, en este

rechazo, el hombre va contra sí mismo, porque se opone a aquel amor que

está en su origen, a este amor al cual está destinado.


2. El tiempo no es infinito


La parábola termina muy mal: «¿Qué hará con esos viñadores?». Ellos le

respondieron: «Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo

a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo».


El tiempo que tenemos para aceptar o rechazar el abrazo de Dios no es

infinito. Este juego de amor terminará. La vida aquí, en esta tierra, es el

tiempo que se nos ha dado para tomar una decisión. Vamos a ser medidos por

el amor. Con la muerte, Dios no nos obligará a estar con Él, sino que

confirmará por la eternidad lo que libremente quisimos vivir a lo largo de

nuestros días terrenales.


La vida eterna será vivir por la eternidad aquello que hemos decidido aquí:

aceptar o rechazar ese abrazo que Dios nos ofrece con amorosa insistencia

durante nuestra permanencia en este mundo.


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