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XI Domingo T.O. – Año A

  • P. Gabriele Saccani
  • 14 jun
  • 3 min de lectura

El anuncio del Reino va a ser tarea de los doce apóstoles de Jesús: los reúne y les manda con fuerza expulsar los demonios, curar enfermedades y predicar el Evangelio. Desde el comienzo, los amigos de Cristo comparten su propia tarea, son asociados a su misión. En efecto, Jesús comparte con nosotros, con la Iglesia, la misión que le ha encomendado el Padre para que la gracia tenga un trámite humano.

Dios quiere llegar a los hombres a través de otros hombres, de forma que respeta su libertad y ocupa un medio que es totalmente humano, a nuestra medida.


Desde antiguo, Dios quiso formar un pueblo que fuera suyo: su familia, su gente consagrada a Él, como escuchamos en la primera lectura. Ahora bien, este pueblo nuevo, la familia de Dios, empieza justamente con los doce apóstoles, con Cristo que llama alrededor de sí al Nuevo Israel. No son solo los curas y las monjas quienes conforman esta familia de Jesús, sino todos los bautizados.


Como bautizados, recibimos esta misma misión de los apóstoles, aunque se ejerza de formas distintas.

Todos somos misioneros, todos llamados por Cristo y, por lo tanto, enviados, como los primeros. Quería meditar con ustedes estos mandatos misioneros del Evangelio para entender qué significa ser misioneros hoy.

1. Expulsar demonios. Está claro que, en forma estricta, este mandamiento de Cristo se aplica hoy tan solo a algunos sacerdotes que llamamos exorcistas y que sí, están en la primera línea de la lucha. Sin embargo, en nuestro día a día vemos la presencia del mal en muchas formas: violencia, falta de caridad, rechazo de Dios, atentados en contra de la dignidad del ser humano. Estamos llamados a luchar en contra del mal también nosotros, a expulsarlo a fuerza del bien. Todos tenemos esta responsabilidad de ponernos de la parte del bien, de luchar en contra del mal en cualquiera de sus formas. Es una tarea del día a día: no ser indiferentes al mal, sino ponerle remedio, conforme a nuestras posibilidades, con el bien.

2. Sanar enfermos. La fuerza de sanación en los apóstoles fue excepcional. Tuvieron un especial carisma, al igual que algunos santos, de poder sanar con su oración las enfermedades del cuerpo y del espíritu. Sin embargo, aliviar el sufrimiento del mundo ha sido una tarea constante de la Iglesia a lo largo de los siglos. No se puede medir el bien que hicieron miles y miles de religiosos, religiosas y laicos para curar y cuidar al prójimo. Hospitales, hogares y casas de cura nacieron de la Iglesia a lo largo de los siglos y siguen estando. Hasta la fecha, la Iglesia católica sigue siendo la primera institución en el mundo en el cuidado de los últimos, de los hambrientos en todo el mundo, de los enfermos y de los moribundos. También nosotros estamos llamados a perpetuar este mandato del Señor: curar y sanar las enfermedades es ser las manos de Cristo para el otro, es reconocer en el otro el rostro de Cristo que sufre, es demostrar nuestra fe y amor a Dios con los hechos y dar un testimonio frente al mundo.

3. Predicar el Evangelio. La crisis actual de la fe nace precisamente del hecho de que ya no se conoce, no se anuncia y no se vive el Evangelio en su integralidad. Es nuestro ser tibios hacia el Señor, es menospreciar o poner en segundo lugar nuestro encuentro con Cristo. Si Cristo fuera la vida de la vida, el amor de los amores, si fuera realmente el centro de nuestros afectos, no dudaríamos ni un segundo en ponernos a su disposición. No dudaríamos en anunciar a todos la belleza de la vida con Él. Es porque Él no es el centro por lo que no lo anunciamos. No lo anunciamos porque en realidad no lo conocemos. Creemos saber qué es la Iglesia y quién es Cristo… lo damos por hecho, y no lo sabemos. Si lo supiéramos y viviéramos su amor, si percibiéramos su amor en nuestra vida, fuerte sería nuestro ímpetu para decírselo a todos.


Estamos frente a grandes retos, sea en nuestras vidas personales, sea como sociedad y nación. Cristo nos invita a ser discípulos, a vivir de Él y ser misioneros. El Reino somos nosotros en la medida de nuestro «sí» a Cristo. El Reino empieza hoy en tu casa, si recibes al Señor en ti. Gratuitamente Él nos llamó a ser parte de su familia. Gratuitamente queremos compartir esta gracia con todos.

AMP.


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