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Homilía Primeras Comuniones

  • P. Giovanni Ferrari
  • 1 jun
  • 2 min de lectura

VII Domingo del Tiempo Ordinario – Parroquia María Inmaculada


Queridos niños, después de un año en el que hemos estado conviviendo todos los sábados,

quiero llamarlos “queridos amigos”. Y lo que uno quiere para un amigo es, ante todo, la

felicidad. Por eso hoy les quiero decir: «Queridos amigos, ¡felicidades! Hoy han dado el paso más importante para alcanzar la felicidad».


El mundo nos dice que, para ser felices, tenemos que ser los primeros: los que tienen más

poder, más dinero y más éxito. Pero nadie dice que, para ser felices, tenemos que ser hijos

de Dios. Por eso, felicidades, amigos, porque hoy han dado un paso que no es para nada

obvio y que es lo que más asegura nuestra felicidad.


San Carlo Acutis, un joven italiano que murió muy repentinamente en 2006 a causa de una

enfermedad, decía que la Eucaristía es nuestra autopista hacia el Cielo. Lo tenía tan claro

que alcanzó el cielo a los 15 años, y ahora ya es santo. San Carlo amaba tanto la Eucaristía

que realizó una investigación —que luego convirtió en una exposición— sobre los milagros

eucarísticos. Había descubierto que, en el mundo, hasta la fecha, ha habido cerca de cien

milagros en los que la hostia consagrada por el sacerdote empezó a sangrar. En todos estos

lugares se realizaron investigaciones médicas y todas, tras analizar la hostia sangrante,

dijeron lo mismo: se trata de tejido de corazón humano que acaba de morir por una muerte

violenta.


Así es, queridos amigos. Cada vez que un sacerdote celebra la misa, el pan se transforma en

el Cuerpo y el vino en la Sangre de Jesús, que sigue ofreciéndose como víctima en la cruz

para perdonar nuestros pecados, nuestras lejanías de Dios, y para darse a sí mismo como

alimento, para que nosotros podamos transformarnos en Él.


¿Hay un milagro más grande que éste? ¿Hay un poder humano más grande que éste? ¿Hay

una alegría más grande que la de saber que todos los días Dios sigue sufriendo por amor a

mí y sigue ofreciéndome su vida?


Queridos amigos, éste es el único gozo verdadero de la vida: descubrir el rostro de este gran Amigo que todos tenemos. Por eso, al recibir hoy la primera comunión, reciben un tesoro que es necesario custodiar durante toda la vida. Cuando crezcan, todo a su alrededor les dirá: «No vayan a misa, no hace falta. Mejor descansar, mejor hacer ejercicio, mejor trabajar…».


Queridos amigos, no caigan en estas trampas, porque si estoy alejado de Dios, ¿de qué me

sirve la vida? ¿Disfrutar unos pocos años para luego morir? ¡No! La vida se nos ha dado para

ser santos, es decir, para ser verdaderamente hombres y mujeres felices. Hoy, recibiendo por

primera vez el don de la comunión, entran en esta autopista hacia la felicidad.


Pidamos a la Virgen María y a su esposo san José que nos ayuden a no abandonar nunca

este don tan precioso.


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