Domingo semana 10 año A, 7 de junio, México.
- P. Stefano Peruzzo
- 6 jun
- 2 min de lectura
Hoy es el décimo domingo del tiempo ordinario y retomamos la lectura del
Evangelio de San Mateo, en particular el relato de su vocación. Como siempre los
relatos de vocación en los Evangelios son muy cortos, con pocos detalles, pero
muy densos.
Lo primero que quisiera destacar es exactamente esto: Jesús cuando nos llama no
nos da todos los elementos, no nos da garantías escritas en un contrato, no
espera que lo conozcamos perfectamente antes de llamarnos. Todo esto sería
absurdo. Para poder seguir a Jesús hace falta un cierto atrevimiento ingenuo, un
empuje de entusiasmo que no se detiene a calcular todos los riesgos, los costos y
los beneficios. Ojo, esto no significa que la adhesión al Señor sea algo
irresponsable o sin razones. Las razones las hay, pero son razones que ponen en
juego nuestra libertad. Los apóstoles cuando conocían a Jesús veían algo
atractivo en Él, notaban que Él hablaba con verdad y autoridad, era alguien que
valía la pena seguir y del cual uno podía fiarse. Esto no significa que Jesús les
explicó todo desde el comienzo, los mismos apóstoles estaban llamados a dar un
paso, un paso totalmente libre. También nosotros estamos llamados a lo mismo.
Otro elemento es que Jesús a Mateo le dice simplemente: “sígueme”. Jesús nos
llama ante todo a seguirlo, es decir a estar con Él. Nos invita a una relación con Él.
De hecho, en la primera lectura el Señor dice que no quiere holocaustos, sino
conocimiento de Dios. ¿Qué es lo que deseamos de un amigo? Estar con él, pasar
tiempo juntos, convivir, conocernos cada vez más. No voy a ver a un amigo
solamente porque tengo cosas que pedirle, si no, no sería amistad. También
puedo pedirle favores, ayuda, pero ante todo quiero estar con él. Esto el Señor
quiere de nosotros: que estemos con Él. No nos pide hacer cosas, pide nuestra
compañía. Fíjense en este misterio: el Señor quiere estar conmigo, quiere mi
compañía. Él está rodeado de ángeles y santos y, sin embargo, pide mi compañía,
Él me invita a su banquete y si yo no ocupo el lugar preparado para mí nadie lo
ocupará.
Último elemento es que Jesús cuando nos invita a estar con Él nos introduce en
una comunidad, en una compañía. Jesús no va a comer solo a la casa de Mateo,
sino que lleva consigo a los apóstoles y los apóstoles desde aquel entonces serán
los compañeros de viaje de Mateo. Jesús sabía perfectamente que después de su
muerte y resurrección hubiera tenido que subir al cielo, entonces no quiere
solamente que los apóstoles lo sigan, sino que sean amigos entre ellos, que den
vida a una comunidad, la Iglesia, que pueda recibir a los futuros bautizaos, que
pueda ser la casa donde cada hombre puede encontrar a su verdadero Padre, es
decir Dios Padre. Esto es lo que todas las personas están buscando. Consciente o
inconscientemente están buscando la casa donde poder encontrar al Padre con la
P mayúscula y donde ser hermanos con los demás.





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