top of page

V Domingo de Pascua – Año A

  • P. Gabriele Saccani
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Todo ser humano busca a Dios, lo sepa o no; busca la felicidad, la justicia, el amor… y la plenitud de todo ello se encuentra en Dios. Cada uno de nosotros anhela ese encuentro con el Señor; estamos sedientos de su presencia en medio del ajetreo diario. Por eso, aunque a veces sea con prisa, nos persignamos y pedimos su protección al comenzar el día. Hay un profundo deseo de Dios en nuestro corazón, y también en el de nuestros vecinos, amigos y compañeros de trabajo.


Las lecturas de hoy nos ayudan precisamente a comprender cómo acercarnos al Señor. Porque Dios no se ha quedado lejos, en las nubes, como alguien desconocido allá arriba, sino que se ha hecho cercano, presencia humana en medio de la vida cotidiana.

Jesús dice en el Evangelio de hoy: “Yo soy el camino; nadie va al Padre sino por mí”. Muchas veces pensamos que no conocemos el camino para llegar a Dios, o incluso dudamos de si nos escucha. Otras veces vivimos con la sensación de un vacío difícil de nombrar. Pero Cristo disipa toda incertidumbre: Él es el camino. Él y el Padre son uno, y quien ve a Jesús ve al Padre.


Esta es la respuesta: no tenemos otro camino para llegar a Dios que Jesucristo. Incluso la

oración puede correr el riesgo de convertirse en un monólogo —yo conmigo mismo—. Nuestra conversación con Dios alcanza su plenitud cuando se une conscientemente a Cristo, único mediador entre Dios y los hombres. La oración es, ante todo, una relación viva y actual con Jesús.


San Pedro, en la segunda lectura, nos exhorta: “Acérquense al Señor Jesús”. Y añade que

fuimos elegidos para ser sacerdotes. Todos. Cada bautizado participa del sacerdocio de Cristo: es el sacerdocio común de los fieles. Por eso podemos “ofrecer sacrificios a Dios por medio de Jesucristo”. Es decir, podemos convertir toda nuestra vida en una gran oración. Unidos a Cristo, presentamos al Padre nuestras súplicas con confianza. Cada petición puede ser puesta a los pies de Dios por medio de Jesús, a ejemplo del sacerdote ordenado que, actuando en la persona de Cristo, presenta el pan y el vino —signo de nuestra vida— para que sean transformados en la ofrenda de Cristo.


Si somos “sacerdotes y estirpe elegida”, lo cual es un honor y una gracia porque nos pone en contacto directo con el Señor, también implica una responsabilidad. Nuestra misión es “proclamar las obras maravillosas de Dios” en medio del mundo y de las circunstancias que nos toca vivir. Jesús añade en el Evangelio: “Harán obras mayores que las mías”. ¿A cuántas personas alcanzó Cristo de forma directa durante su vida terrena? En realidad, a pocas. ¡Cuántas más ha alcanzado a través de su Iglesia a lo largo de los siglos! Cristo, presente y a la vez oculto en los sacramentos y en el rostro de sus discípulos, sigue fascinando y atrayendo hacia sí a toda clase de personas hasta el día de hoy.


Vivir esta misión y asumir nuestra responsabilidad como cristianos es también una forma de

oración y de comunión con Dios. Él permanece presente y unido a quienes anuncian su nombre. Orar y buscar a Dios, pues, no es solo algo interior e íntimo. Es también vivir unidos a Cristo y anunciar su nombre. Es reconocerlo presente en la comunidad y en los sacramentos. Ave María Purísima.

Comentarios


bottom of page