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Cuarto domingo de Pascua año A, 26 de abril, México.

  • Foto del escritor: P. Stefano Peruzzo
    P. Stefano Peruzzo
  • 26 abr
  • 2 min de lectura

Hoy es el cuarto domingo de Pascua y también se llama el domingo del buen

pastor. El Evangelio nos habla de la relación entre el buen pastor y las ovejas. Y

¿cuál es el propósito del buen pastor? El salmo nos dice: llevar a las ovejas a

fuentes tranquilas y a pastos abundantes. Finalmente, se puede leer el Evangelio

de hoy como una parábola sobre la historia de salvación entre nosotros y el Señor.

Vamos a ver algunas características de esta historia.

El pastor llama a cada oveja por su nombre. La salvación del Señor es algo

personal, nos conoce por nombre, la forma en la cual Él me quiere salvar a mí no

es la misma forma con la cual te quiere salvar a ti. De hecho, cada uno de

nosotros tiene una vida diferente del otro. Cada uno de nosotros tiene una relación

con el Señor única. A sus ojos no somos individuos sin rostros, no somos

números, somos seres únicos. La relación que los papás tienen con sus hijos es

única: un matrimonio puede tener varios hijos, sin embargo, la relación entre el

matrimonio y cada hijo es única, porque únicos son los hijos. Lo mismo pasa entre

el pastor y sus ovejas.

Otra característica de la historia de nuestra salvación es la libertad. El pastor llama

a las ovejas, las invita, pero nunca las obliga. Cuando el pastor sale, no se pone

atrás del rebaño empujando a las ovejas, sino delante; Él abre camino y las ovejas

tienen la libertad de seguirlo o no. Deciden ellas: pueden seguir al pastor o seguir

la voz de los ladrones y de los bandidos. La voz del Señor es una invitación

discreta, no es un televisor puesto a todo volumen que te obliga a mirar. Para

escuchar al Señor y seguirle hace falta desearlo, quererlo. Hace falta callar las

muchas voces y los ruidos de nuestras vidas para poner atención a la suya.


Por último, el ladrón viene a robar, matar y destruir. El pastor, en cambio, viene

para que tengamos vida, y no solamente vida, sino vida en abundancia. El mal,

siempre engaña; siempre se nos presenta como algo atractivo, como un camino

más cómodo, más fácil, inmediato, pero luego revela su verdadera cara y no tiene

otra cosa que ofrecernos que no sea robo, muerte y destrucción.


Por eso, digamos que sí al Señor y vayamos tras de Él, solamente quien ha

hecho experiencia sabe lo maravilloso que es amar al Señor. Solamente

siguiéndole a Él tendremos la vida en abundancia, la vida verdadera, la vida que

no termina, la vida plena.


No tengamos miedo, no digamos: “no soy capaz”. Las ovejas son, entre los

animales, más débiles e incapaces. El Señor no nos pide la valentía de los leones,

la fuerza de los toros o la velocidad de los caballos. Lo que nos pide es el

seguimiento y la mansedumbre de las ovejas.

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