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Domingo de Divina Misericordia Hechos 2, 42-47; 1 Pedro 1, 3-9; Juan 20, 19-31

  • P. Tommaso Badiani
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

“Si no veo en sus manos la señal de los clavos, y si no meto mi dedo en los agujeros de

los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.

Las palabras del apóstol Tomás nos permiten comprender el origen de nuestra dificultad

para creer que Cristo ha resucitado verdaderamente.

Nos cuesta creer porque hemos olvidado que necesitamos ser salvados. Ser salvados del

pecado, que es, ante todo, la fealdad que reina en nuestras vidas. El pecado, antes que

ser una acción mala, es la presencia de realidades feas, que no deberían existir. Las

cuatro grandes realidades que amenazan nuestra vida por su fealdad son: el desorden, el

dolor, el mal y la muerte. Nuestra vida consiste en el intento desesperado de huir y alejar

estas realidades que la vuelven fea.

El desorden. Es suficiente caminar por las periferias de una ciudad cualquiera para darse

cuenta del desorden que domina, como una fuerza que no se logra detener.

El dolor. Cuando una persona sufre, física o psicológicamente, se ve fea, hasta el punto

de que nos cuesta quedarnos a su lado.

El mal: violencia, injusticias, traiciones. La presencia del mal puede convertir la cosa

más grande y bella —una amistad, un amor— en algo terrible y horroroso.

La muerte. La muerte es lo más feo que existe. No es algo natural, no es parte del ciclo

de la vida. La muerte destruye la vida. Algo en mí se resiste a la idea de aceptarla,

aunque sea inevitable.

Desorden, dolor, mal y muerte: no hay forma de negar que en la vida, aunque grande y

bella, hay una fuerza que la destruye, que la vuelve fea; una fuerza que sentimos que no

debería existir. Lo único que logramos hacer es intentar huir, borrar, cancelar estas

realidades que nos recuerdan una verdad incómoda: somos seres finitos, limitados,

débiles y frágiles. Necesitamos ser salvados.

El anuncio de la Resurrección de Jesús solo puede ser tenido en cuenta si recuperamos la

fragilidad de nuestra condición humana.

Se trata del anuncio de que, dentro del desorden, del dolor, del mal y de la muerte

—realidades feas que no deberían existir—, algo nuevo ha entrado. Una fuerza nueva

irrumpe en el mundo y transforma lo que el hombre solo puede intentar olvidar.


Para creer en este anuncio, sin embargo, necesitamos ver y tocar, como afirma el apóstol

Tomás. Necesitamos ver a personas cambiadas por el hecho de la Resurrección; ver que

la fealdad del pecado no tiene la última palabra, que ha entrado una nueva fuerza que

transforma lo feo en bello. Necesitamos ver a personas en las cuales la fuerza de Cristo

opere una transformación humanamente imposible. Necesitamos ver a personas que

siguen construyendo el bien a pesar del desorden del mundo y en medio de él.

Necesitamos ver a personas que no son aplastadas por el dolor y que saben hacerse

cercanas a los que sufren. Necesitamos ver a personas que, frente al mal, saben perdonar

y volver a empezar una relación. Personas que enfrentan la muerte con la certeza del

destino eterno que nos ha prometido Cristo.

Pidamos ser cristianos que, en el mundo, lleven el testimonio de la belleza de la

Resurrección. Testigos de esta fuerza divina que entra en el desorden, el dolor, el mal y

la muerte y lo renueva todo, transformando la fealdad del pecado en la belleza de la

redención.

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