Homilía III Domingo de Pascua (Hch 2, 14.22-33; 1Pd 1, 17-21; Lc 24, 13-35)
- Giovanni Ferrari
- 19 abr
- 3 Min. de lectura
Siempre me he preguntado qué es la felicidad que el hombre busca. Me lo he preguntado
porque yo quiero ser feliz, gozar de una alegría profunda. Y muchas veces he buscado esta
felicidad en cosas que me la prometían, pero luego me dejaban decepcionado.
Si mi corazón desea esta felicidad por encima de todo, y esa felicidad tiene que existir,
entonces ¿qué es? ¿Cada uno tiene la suya o es algo real e igual para todos?
Creo que la liturgia de hoy, y de un modo especial el Evangelio, nos habla de esto.
San Pedro, en la primera lectura, cita al rey David en un himno a la felicidad: «Por eso se
alegra mi corazón y mi lengua se alboroza; también mi carne descansará en la esperanza,
porque no abandonarás mi alma al abismo… Me has enseñado el sendero de la vida, me
saciarás de gozo en tu presencia» (Sal 16, 9-11).
Me saciarás de gozo en tu presencia. El rey David parece decirnos que ha encontrado la
fuente de la felicidad: estar en la presencia del Señor.
Esto es todo lo contrario de lo que estaban viviendo los discípulos de Emaús. Estos dos no
pertenecían al grupo de los Doce. Por eso nos podemos identificar con ellos al caminar por la
vida sin mucha ilusión, un poco decepcionados… incluso del Señor.
Muchas veces pensamos: «Señor, si me quieres, ¿por qué permites que siga con esta cruz?,
¿por qué este sufrimiento?».
Y así, cuando el Señor se acerca a nosotros y camina a nuestro lado en la vida cotidiana,
tenemos los ojos velados y no lo reconocemos.
¡Cuántas veces me ha pasado pensar al final del día: todo lo que he vivido hoy me ha
parecido inútil, porque al final no te he encontrado a ti, Señor!
¿Y por qué tardamos tanto en reconocerlo? Porque, como dicen los discípulos, esperamos
de Él algo distinto de lo que Él es en realidad.
Los discípulos de Emaús esperaban a un liberador de Israel, un líder político. Y Jesús no era
eso.
A nosotros nos pasa lo mismo. Pensamos en Jesús como el solucionador de nuestros
problemas, y no es eso. Pensamos en Jesús como un sentimiento bonito al que acudir de
vez en cuando, y no es eso. Pensamos en Jesús como un Dios hecho a nuestra medida… y
tampoco es eso.
Jesús quiere romper todas estas imágenes equivocadas que tenemos de Él, porque es
mucho más. No quiere que nos quedemos en algo pequeño.
Si los discípulos de Emaús esperaban a un liberador político, Jesús se les revela como el
Redentor del universo.
Por eso necesitamos seguir en un camino de conversión, que es comunitario, no solo
individual, para que poco a poco nuestros ojos se abran y podamos descubrir el verdadero
rostro de Cristo.
¿Y qué descubrimos entonces?
Descubrimos que Él está presente en nuestra vida. Que nos ama tanto que no tiene un
proyecto separado del nuestro: nuestra meta es su meta. Él se contenta con caminar con
nosotros, como hizo en Emaús.
El Resucitado está verdaderamente presente en nuestra vida. Es una presencia real, aunque
no siempre tengamos ojos para reconocerla.
Por eso, muchas veces, antes de dormir le digo: «Señor, hoy no he logrado reconocerte en
nada, pero sé que tú has estado a mi lado».
Y este es el gozo más profundo que puede encontrar nuestro corazón, la paz más verdadera
de nuestra alma.
Si Dios está conmigo, si está entre nosotros, entonces ya podemos empezar a vivir el
paraíso. Cambiarán las formas, pero la sustancia es la misma: Dios se me entrega
totalmente, y yo ya puedo vivir en su presencia.
Los discípulos, cuando descubren esto, se dan cuenta de que su corazón ardía mientras
Cristo les hablaba por el camino.
Me gusta mucho esta expresión, porque nos muestra que la felicidad que trae Jesús no es la
comodidad con la que tantas veces soñamos, sino que es fuego. Porque su caridad es fuego.
¡Qué bonito sería vivir con el corazón ardiendo de amor cada día de nuestra vida!
«He venido a traer fuego a la tierra, ¡cómo quisiera que ya estuviera ardiendo!» (Lc 12, 49).
Si Jesús lo desea, entonces es posible y la vida de la Iglesia es el camino para aprender a
vivir así.




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