• Parroquia María Inmaculada

Sólo así se ama de verdad

Homilía del la Misa de la Cena del Señor, Jueves Santo 2020 (P. Davide Tonini).



La Misa de la Cena del Señor, año tras año, nos invita a mirar a Jesús que se ofrece totalmente al Padre por amor a los hombres y por su salvación. El de Jesús, es un ofrecimiento total, el de Jesús: entrega todo de sí, toda su vida, su Cuerpo y su Sangre. Es un acto de amor, como indica el Evangelista Juan: «Él, que había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).

Siempre me llama la atención esta frase del Evangelio: “Los amó hasta el extremo”. Nosotros no sabemos amar así; somos mezquinos y egoístas. Si queremos aprender a amar, la única posibilidad que tenemos es aprender en la escuela de Cristo, en particular en este momento del Triduo Pascual.

Aprendamos, pues, de lo que hace y dice Jesús en su última Cena. Él se levanta de la mesa, toma una toalla y se dispone para lavar los pies a los Apóstoles. Jesús se humilla completamente ante sus discípulos. El himno cristológico de San Pablo, en la carta a los Filipenses, dice así: «Jesucristo, aun siendo, desde el principio, de condición divina, no consideró un tesoro aprovechable ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo adoptando la condición de esclavo» (cfr. Fil 2, 5-7). ¡Qué hermosa y sorprendente es la humildad de Dios! El gesto de amor y entrega del lavatorio de pies anticipa la cena eucarística, donde Cristo dona su Cuerpo y su Sangre; en el Pan y en el Vino, el Señor se ofrece con sencillez y humildad a los suyos, como lo acababa de hacer un instante antes, lavándoles los pies. Son dos gestos equivalentes, gestos de verdadero amor, que generan comunión entre Él y aquellos que los aceptan con gratitud.

Sin embargo, el hombre viejo, nuestra humanidad pecadora, se opone al gesto de Jesús. «Señor, ¡no lo hagas! ¡No te humilles! ¡Tú eres el Mesías!». El hombre se resiste al verdadero amor, le tiene miedo; el amor significa sacrificio, significa perderse, para luego volverse a encontrar; morir en la humillación del despojo de uno mismo, para volver a tomar vida. Pedro le tenía miedo a esta auto-humillación de Cristo: porque era su discípulo, y le convenía más un Maestro glorioso y triunfante, orgulloso y aplastante, según los criterios humanos; le tenía miedo porque sabía lo que significaba: «Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros».

Repetidas veces el Apóstol Pedro se había opuesto al plan de Jesús, desde el primer anuncio de la Pasión (cfr. Mt 16, 21- 23). Cuando Jesús empezó a declarar que tenía que ir a Jerusalén, padecer mucho y sufrir la muerte para despertar el tercer día, “Pedro empezó a reprenderlo, diciendo: «¡Dios no lo quiera, Señor! ¡No te pasará eso!»”. La respuesta de Jesús fue clara: «¡Vete! ¡Detrás de mí, Satanás! Me sirves de tropiezo, porque no tienes en cuenta las cosas de Dios, sino las de los hombres».

Durante el lavatorio de pies pasa lo mismo, y cuando Pedro se opone, Jesús le contesta: «Si no te lavo, no tendrás parte conmigo» (Jn 13,8). Si no te dejas amar, ¡no habrá comunión entre tu y yo! Si no me permites sufrir por ti, ¿cómo quieres que te salve? ¿Cómo quieres que haya amor sin sufrimiento? ¿Cómo crees que pueda haber Salvación sin Cruz? Si no me dejas ser frágil y humilde, no me tendrás dentro de ti. Quiero volverme Pan y Vino y entrar en tu cuerpo, estar en tu persona; pero, si te escandalizas, no me tendrás. En la Pascua, Pedro aprendió a amar a Jesús. Cristo tuvo que dar la vida por Pedro, primero, para que Pedro pudiera dar la vida por Cristo (cfr. Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 123,4).

Esta escuela del verdadero amor, que tiene su cumbre en la realidad de la Eucaristía, es también el secreto del sacerdocio. Quienes están llamados a ser sacerdotes, tienen que seguir paso a paso el camino de Jesús, dar su vida aceptando la humildad y a veces la aridez de un servicio que se justifica sólo por la obediencia y el amor al Padre. Es una vocación exigente y feliz, porque Dios restituye siempre el céntuplo, cada vez que le ofrecemos algo pequeño de nuestra parte. Dios es grande y generoso, y no se deja rebasar en generosidad por nosotros.

Demos gracias a Dios por estos grandes dones que nos ha dejado en la última cena, la Eucaristía y el sacerdocio. Démosle gracias por el amor que nos tiene, y porque nos enseña a amarlo y amarnos con su propio amor, dejando atrás nuestras mezquindades y nuestros egoísmos.

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