La semilla de la guerra dentro de cada uno de nosotros. Y el bien que nos puede curar.
- Parroquia María Inmaculada

- 14 mar
- 4 Min. de lectura
De Massimo Camisasca
11 de marzo de 2026
Non existe alternativa. Si no somos creaturas, venimos del caso y solo podemos sobrevivir a
través de la fuerza o sucumbir. A no ser que…
El mundo está en llamas. Y no se trata de una metáfora. Desde hace cuatro años lo vemos
incendiado de misiles, drones, cohetes, ametralladoras, cañones y de todo tipo de armas. Y
hablo de las guerras de las que todos, a través de los medios, conocemos la virulencia.
Mientras que otras guerras, de las que poco se habla, ensangrientan África, Asia y América, dejando triste y preocupado el corazón de quien no se conforma con un nido
templado construido alrededor de la propia persona, con un futuro poco cierto.
“¿Es el fin del mundo?”, me preguntan algunas voces amigas perturbadas y casi aniquiladas
por tanto furor. “¿Quién está equivocado y quién tiene razón?” es la pregunta que emerge
después y que no tiene respuesta. No exclusivamente porque a nosotros, pobres mortales
que no pertenecemos a las cabinas de mando, nos faltan demasiados elementos para
formular un juicio, sino porque las razones y las sinrazones están enmarañadas entre ellas y,
a menudo, no es fácil llegar a un discernimiento claro. Más aún, sobre todo, porque ya no se
puede hablar de razones y sinrazones, de bien y mal, cuando se echaron por la puerta, como
huéspedes inútiles e indeseables, los principios que deberían orientar la vida difícil de quien
gobierna y de quien es gobernado, los principios morales y naturales.
Las raíces del mal
Cuánto más conocemos en detalle la historia del hombre, más la vemos trágicamente
marcada por las guerras, por la sangre, por la violencia que, a menudo, se congratula a sí
misma, por barbaries (matanzas, torturas, malos tratos innombrables) que no pensaríamos
posibles.
¿Qué es el corazón del hombre? ¿Y su mente? ¿Su voluntad? ¿Cuáles son las pasiones que
mueven esta lucha del hombre contra el hombre?
Las raíces del mal son profundas y debemos decirlo una vez por todas, a nosotros y a
nuestros hermanos: esas residen dentro de cada uno de nosotros, dentro de cada hombre y
mujer de la tierra, cuando ya no recuerda o no quiere recordar que es una creatura.
Non existe alternativa. Si no soy una creatura, si no vengo de un Ser libre y amante que me
quiso, vengo del caso y puedo tener un único objetivo: sobrevivir a través de la fuerza o
sucumbir. Estas fuerzas (dinero, poder tecnológico, medios de comunicación) están en
manos de pocos: los demás están destinados a la esclavitud. A no ser que… Pero este “a no
ser que” lo retomamos más adelante.
Estamos perdiendo todo
Expulsamos a Dios, es decir la apertura al misterio, de nuestras casas, la apertura a una
medida diferente en la vida: el escuchar y perdonar, no para ser perdedores, sino para ganar
una verdadera humanidad.
Borramos la posibilidad de un encuentro que venga de fuera de nuestra cotidianidad y que,
sin embargo, esté presente en ella. Queremos vivir como dioses y lo estamos perdiendo
todo. Queremos mirar solo a la tierra y no más al cielo. Por eso volvemos a caminar en
cuatro patas en lugar de hacerlo sobre dos piernas. En su evolución a partir del animal, el hombre se levantó sobre dos piernas para ver el cielo y, entonces, con el espíritu de Dios, comenzó a ser libre de los condicionamientos propios y ajenos, comenzó a pensar en la existencia de otra dimensión más allá de la dominación.
Claro, no existen reinos de Dios perfectos y completos en la tierra. Quien lo prometió en el
pasado y lo promete actualmente es un homicida: desde los grandes imperios de la
antigüedad que declaraban dios al imperador, hasta al comunismo y nazismo del siglo
pasado y a las formas de imperialismo de la actualidad. De aquí nacen las guerras, del
hombre que se cree dueño de la vida: del aborto, de la eutanasia, de las riquezas
secuestradas, del desprecio del hombre por su semejante, del consumo exagerado y violento de los bienes de la naturaleza, de la lucha por una libertad sin fin que olvida el pobre, el infeliz, el enfermo.
Los verdaderos ganadores de la historia
El pequeño es más grande que el potente, porque el pequeño que reconoce a Dios sabe
que, de su vida, por un don, puede nacer un río de agua viva que renueva la tierra. La Iglesia
hoy es poca cosa a los ojos del mundo. Su presencia pública va desapareciendo. Y esto no
es un bien. Pero de todo esto puede nacer un bien (y aquí se revela ese “a no ser que”
dejado antes en pendiente): el bien de las comunidades que, con sus defectos incluso
macroscópicos, son lugares en los que el hombre se recupera y cura de la ira, de las
tentaciones de violencia, del cinismo que mira solo al propio éxito. Comunidades cuya
existencia hace bien pensar. Los tiempos de Dios, aunque largos y larguísimos, siempre son
breves.
Los ganadores mundanos no son los ganadores de la historia. No es casualidad que hoy,
justamente en nuestra Europa, muchas comunidades de jóvenes renazcan alrededor de la
Eucaristía y de la adoración eucarística. Esta es el signo de la inmensa potencia de lo que
parece, en su sencillez y su silencio, absolutamente impotente.




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