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Domingo de Ramos – Año A

  • P. Gabriele Saccani
  • 28 mar
  • 2 min de lectura

Nos hemos reunido en este Domingo de Ramos no en el templo, como

acostumbramos todos los domingos, sino aquí fuera, un poco lejos de nuestra capilla.

Nos acercaremos a ella en procesión solemne para volver a vivir la entrada de Jesús en

Jerusalén. Nos pondremos detrás de él y con él entraremos en la Nueva Jerusalén que

es la Iglesia. Jesús se acerca a la Ciudad Santa por última vez en su vida terrenal: se

dirige hacia allá para consumar su Misterio Pascual, es decir, su Pasión, Muerte y

Resurrección. Con este domingo empieza la celebración de la Semana Santa en la que

conmemoramos y volvemos a vivir junto con Cristo los misterios de nuestra salvación.

Vamos al Evangelio que acabamos de escuchar. El pueblo de Jerusalén, los

discípulos de Jesús y hasta los niños reconocen a Jesús como Cristo, como Mesías, el

Hijo del rey David que tenía que cumplir las promesas de Dios. Jesús se presenta, por

primera vez sin ocultarlo, como rey mesiánico, rey de la paz, de la sencillez y de los

pobres. Jesús no rechaza este título, Mesías, no se rehúsa a que le digan “Cristo”. Las

profecías antiguas del pueblo de Israel se realizan: el pueblo reconoce la chispa

escondida de la divinidad en el hombre Jesús: el Emmanuel, el “Dios-con-nosotros”.

Lamentablemente, el escándalo permanece en el corazón de muchos, sobre todo en los

jefes del pueblo, en los sacerdotes del templo: a ellos les falta sencillez de corazón,

cultivan las calumnias, permanecen escépticos y cierran su corazón…porque reconocerle

a Jesús significa abrirse a la conversión, renunciar al “yo viejo”, abrirse a la gracia de

Dios que muchas veces nos incomoda y nos cuestiona.

Jesús, no obstante, se dirige tranquilamente hacia su destino. Con la dignidad y la

mansedumbre de un verdadero rey, con la nobleza de un corazón puro se quiere

entregar hasta la muerte, donar su vida. Jesucristo es aquel que cumple la misión que le

ha dado Dios Padre. Para Él nada es más importante que la voluntad de Dios, cumplir

con su proyecto de salvación. Jesús es el Salvador, el verdadero Cristo, el Enviado del

Padre, el Dios-con-nosotros. Como Él entró en Jerusalén acompañado por el canto del

“hosanna”, así en cada eucaristía anunciamos su venida, su presencia real, lo esperamos

en el milagro del altar con el mismo canto.

Empezando con este domingo, reviviremos la Pasión del Señor, dentro de poco la

escucharemos en el templo. Tenemos que identificarnos con las palabras del Evangelio;

dejarnos agarrar por la dinámica de amor que ahí se narra. Y, sobre todo, pensar que

todo lo que Cristo dijo e hizo fue para nosotros, para cada uno. Pensar que no soy un

espectador pasivo de ciertos acontecimientos: no, Jesús, el hombre-Dios sufrió por mí,

dio su vida por mí, para perdonar mis pecados, para que pudiera santificar mi vida, para

que viva unido a Dios. Sufrió y murió para pagar la deuda de la humanidad, para redimir

todo el mal del mundo y para que resplandezca en las tinieblas la luz. Nuestra ignorancia

de Dios, nuestras imperfecciones, nuestras faltas…es un momento de humildad y de

profunda gratitud. Respondemos al amor con amor. Pidamos el don de las lágrimas:

lágrimas de verdadero arrepentimiento y de verdadera gratitud.


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