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Quinto domingo de Cuaresma año A, 22 de marzo, México.

  • Foto del escritor: P. Stefano Peruzzo
    P. Stefano Peruzzo
  • 20 mar
  • 2 Min. de lectura

A lo largo de esta Cuaresma, la Iglesia nos propone lecturas relacionadas con la

iniciación cristiana. Desde los primeros siglos la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a

la celebración del bautismo y, por eso, las lecturas de los domingos anteriores son

una catequesis bautismal. En este sacramento se realiza el gran misterio por el

cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo

resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios. Por ende, el mismo Bautismo, que la

mayoría de los que estamos aquí recibimos cuando éramos recién nacidos, es uno

de los dones más grandes que hemos recibido de Dios y estamos llamados a

reavivarlo, a redescubrirlo una y otra vez. Para hacer esto, dejémonos ayudar por

las lecturas de hoy.

El aspecto del Bautismo que las dos lecturas y el Evangelio subrayan es la vida.

Lo que nos dice la segunda lectura es que la diferencia entre vida y muerte no es

solamente una cuestión biológica, sino espiritual. Es decir que podemos estar

vivos biológicamente, pero muertos espiritualmente y también puede pasar al

revés, estar vivos espiritualmente mientras matan a nuestro cuerpo: esta es la

experiencia de los mártires que no temen la muerte biológica porque su vida

espiritual está vigorosamente arraigada en Jesucristo.

Estamos llamados a responder, tal como Marta, a la pregunta de Jesús: «Yo soy la

resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. ¿Crees tú

esto?» Yo, personalmente, ahora, en esta circunstancia ¿creo esto?

Segunda pregunta: ¿cómo Jesús nos lleva a la vida eterna? Es maravilloso porque

todo empieza por la amistad: «el amigo que tanto quieres está enfermo». Lo que

nos permite pasar a la vida verdadera es, ante todo, el hecho que Jesús nos

quiere tanto: somos amigos suyos. El pasaje a la vida que no tiene fin se trata de

un don de Dios: es Él que nos regala su amistad. Nadie merece la vida eterna,

nadie merece la amistad de Dios, es iniciativa suya.

Y no solamente esto, sino que Jesús desea nuestra amistad exactamente cuando

estamos “muertos”, cuando estamos dentro de un sepulcro y olemos mal. Marta

no quiere quitar la piedra porque Lázaro seguramente huele mal. El mal olor

podría ser tranquilamente una imagen de nuestros pecados, de nuestra miseria y

Jesús es nuestro amigo, nos ama también en nuestra miseria. La única condición

que el Señor nos pide es que salgamos de nuestro sepulcro y vayamos a su

presencia tal como somos. No tenemos que ser perfectos para acercarnos al

Señor, para acudir a Él. Tenemos solamente que desearlo y luego, será Él mismo

que nos tomará de la mano y nos llevará de la muerte a la vida.

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