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Pentecostés: la fiesta del humano. Hch 2,1-11; 1 Cor 12,3-7.12-13; Jn 20,19-23

  • P. Tommaso Badiani
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

La fiesta de Pentecostés es la fiesta del humano. ¿En qué sentido?


Tres veces al año, con el padre Davide, organizamos unos días de

convivencia con los chicos de bachillerato. La última fue durante la semana

de Pascua. Nos fuimos al Ajusco, a un campamento de La Salle del Pedregal.

Se reunieron cuarenta chicos de varias y pequeñas comunidades de la

República. Durante las convivencias rezamos juntos, preparamos la comida,

jugamos, fuimos de paseo y compartimos algunas charlas sobre la vida

cristiana.


Cada día, los chicos hacen media hora de silencio en la cual reflexionan sobre

estas preguntas: «¿Qué fue lo más significativo de este día? ¿Por qué? ¿Qué

has aprendido?». Después se reúnen por grupitos y comparten. El último día

hacemos una asamblea todos juntos. Les comparto algunas contribuciones.


Dijo un chico: «Durante el juego de cartas, me di cuenta de que no nos

importaba aparentar». A esta edad, los chicos viven con la única

preocupación de aparentar para ser aceptados por los demás. Es inútil

decirles: «Tú vales mucho más de lo que los demás piensan de ti». Ellos lo

saben: su valor depende de la aceptación, y por eso hay que aparentar.

Después de cuatro días de vida cristiana, esta esclavitud desaparece.


Dijo una chica: «Ya no me interesa solo mi felicidad. No sería feliz si ellos no

lo fueran». En un mundo que nos enseña a preocuparnos ante todo y

únicamente de nuestra felicidad, después de cuatro días una chica se da

cuenta de que su felicidad es impensable separada de la felicidad de sus

amigos.


Otro chico: «Tengo una gran confusión sobre la carrera. Pero en cualquiera

que sea, no soy obstaculizado en la posibilidad de ser hijo». En las escuelas

presionan y obsesionan a los jóvenes con el tema de la carrera, del liderazgo,

del éxito, y del hecho de que tu vida se juega en la elección de la carrera. No

es de extrañar que muchos caigan en depresión, abandonen la escuela, o se

refugien en el alcohol y las drogas. Yo también lo haría si lo que me define

como persona son mis logros personales. Aquí, al contrario, un chico

descubre que lo que lo define, ante todo, es que tiene un Padre y que él es

hijo. Es decir: soy amado antes de decidir lo que haré de mi vida. ¡Qué

libertad! Otras dos chicas dijeron algo muy parecido: «Nos sentimos

tranquilas porque no tenemos nada que demostrar, ya somos queridas por

Dios».


Cuando escucho estas palabras pronunciadas por chicos de 15-17 años, me

doy cuenta de que a través del Espíritu Santo, Dios utiliza nuestros frágiles

intentos para entrar en el corazón de los chicos y transformarlos, liberarlos de

sus miedos, generar en ellos una nueva jerarquía de valores; los abre al

reconocimiento de su verdadero valor y responde a sus necesidades de una

forma que ellos ni podían imaginar. En este sentido, Pentecostés es la fiesta

del humano: es la fiesta en la cual celebramos a Jesús que infunde su vida en

nosotros. Con Pentecostés, Jesús ya no permanece fuera de nosotros, sino que

su vida entra en nosotros y transforma nuestra forma de pensar y vivir.

Por eso Jesús dijo a los apóstoles: «Les conviene que yo me vaya; porque si

no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes; en cambio, si me voy, yo se lo

enviaré» (Juan 16:7).


Concluyo con la intervención de una chica: «Los últimos meses han sido muy

diferentes. Todo lo que daba por hecho, ya no era dado por descontado.

Conflictos internos, crisis, angustia, tristeza. Sin embargo, he sentido más la

compañía de Dios en mi vida. Nunca me he sentido tan feliz como en este

tiempo. Es un momento de confusión, de duda, en que nada está claro. La

certeza de que existe esta compañía me hizo sentir feliz como nunca. No me

he sentido nunca sola».


Esta es la fuerza que cambia el mundo: Jesucristo presente en su cuerpo, la

Iglesia —¡nosotros!— a través del Espíritu Santo.



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