El día de las madres y la herencia más grande
- P. Davide Tonini
- 9 may
- 3 Min. de lectura
¿Qué es lo que nos dejan nuestros padres? Podemos decir que cada uno de nosotros recibe de sus padres un conjunto de bienes, que se definen normalmente como herencia o legado. Se trata tanto de bienes materiales como inmateriales. De mis padres he recibido una gran herencia, porque a través de la educación y de su afecto, de los sacrificios que han hecho por mí, pude volverme un hombre. ¡Cuántas veces en un mismo día repito acciones o pensamientos que aprendí en mi casa! Nunca sería suficiente una vida entera para darnos cuenta de la deuda que contraemos con nuestros padres.
Esta es la razón fundamental por la que el día de hoy se celebran a las madres y, dentro de un mes a los padres: les debemos realmente muchísimo, y la herencia que recibimos de ellos – todo el bien que nos han dado – genera en nosotros un afecto que sabemos que nos corresponden. Aunque uno haya recibido muchos bienes materiales de su familia, será siempre más relevante el legado espiritual con el que uno se ha enriquecido en su casa. ¡Ninguna persona madura cambiaría una suma importante de dinero con una jornada de felicidad vivida con sus padres! Y en una familia de escasos recursos no falta nada cuando los padres conviven alegremente con sus hijos.
¿Hay algo más grande que esto? En realidad, ¡sí! El Evangelio de hoy nos recuerda que nuestro Señor, también, nos dejó un legado a la hora de morir.
“Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14, 15). “El que acepta mis mandamientos y los cumple, ése me ama. Al que me ama a mí, lo amará mi Padre, yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Cristo, como parte fundamental de su herencia para nosotros, nos deja su amor y la invitación de amar como Él nos ama. Nos promete que si lo amamos, el Padre y Él nos devolverán su amor, que es mucho mayor que el nuestro. ¿Qué sería nuestra vida si no tuviéramos el amor de Dios? Como si fuera una herencia, Cristo nos deja la razón fundamental para vivir y morir, y esa razón es recibir su amor – un amor hasta el extremo (cfr. Jn 13, 1) – y amarlo a nuestra vez.
En este Evangelio, Cristo nos habla de un segundo regalo de su herencia, cuando dice: “Yo le rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad. No los dejaré huérfanos, sino que volveré a ustedes […] En aquel día entenderán que yo estoy en mi Padre, ustedes en mí y yo en ustedes” (Jn 14, 16-18.20). Si hay algo que nos asusta, en la vida, es el quedarnos solos: sin embargo, ¡nunca estamos solos! El Señor nos ha heredado el Espíritu Santo, por medio del cual el Padre y el Hijo estarán por siempre en nosotros. El Señor siempre está cerca, ¡está más cerca de ti que tu propia alma!
Quizás, en esta fiesta de las madres, podamos extrañar a la mamá o a la abuelita que se nos han adelantado: pero no olvidemos que en la Comunión de Dios – la comunión de los santos – ellas están más cerca que nunca, nos siguen amando y reciben realmente nuestro amor.




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