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¿Dónde está nuestra paz? En los Cielos en los que entra Jesús

  • P. Davide Tonini
  • 16 may
  • 3 Min. de lectura

Con la fiesta de hoy, queremos celebrar la Ascensión del Señor, con la conciencia que en este misterio resplandece una verdad relevante para nuestra vida cotidiana. ¿Cuál es esta verdad importante? Para entenderlo un poco más, es necesario considerar tres puntos:

1)        la ascensión es la subida al cielo de Jesús;

2)        esta subida nos habla, de nuevo, de la existencia de una realidad espiritual, “los Cielos”: Padre nuestro, que estás en el Cielo;

3)        ¿qué es el Cielo de Dios? No es una realidad abstracta y lejana: es una realidad cercana, está presente ya ahora, en nuestra vida; es la plenitud que tanto deseamos.

 

1.        Ascensión: un movimiento de subida

La primera lectura de este domingo, y el Salmo, nos hablan justo de este ascenso de Jesús: “Se fue elevando a la vista de ellos, hasta que una nube lo ocultó a sus ojos” (Hch 1,10). “Dios, el Señor, asciende hasta su trono” (Sal 46).

La Ascensión indica un movimiento de subida hacia los Cielos: así lo percibieron los Apóstoles. En la Biblia, como en todas tradiciones religiosas, el lugar de Dios es el infinito, el más allá, lo que está encima de todo porque todo lo domina. Jesús lo explicó así en el Evangelio de San Juan: “Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre” (Jn 16, 28).

Evidentemente, esta despedida de Jesús no puede significar un deseo de interponer una distancia entre Él y nosotros: no es un abandono marcado por el deseo de privacidad, Cristo no vuelve al cielo buscando la comodidad de la gloria o queriendo huir del drama de la historia y de los problemas de este mundo. ¡Jesús no asciende al cielo cansado de nosotros, sino estando más enamorado que nunca!

 

2.        Signo de una realidad profunda: pasar a través de la cortina que divide lo visible de lo invisible.

La subida de Jesús, su entrada en el Cielo nos da a conocer que existe una realidad espiritual y eterna que es diferente a nuestra realidad material y pasajera. Esta división la entendieron los hombres desde siempre, y la afirman todas las religiones y filosofías más importantes. En la Ascensión Jesús abandona el mundo de lo visible para volver definitivamente al mundo de lo invisible, de donde vino a la hora de la Encarnación.

La Ascensión de Jesús es su paso a través de aquella cortina que divide lo visible de lo invisible. Jesús hablando del Cielo y ascendiendo hacia él, nos enseña que todo viene de Dios, que es la verdadera realidad, y todo regresará a Dios, destino final de cada creatura y de cada uno de nosotros.

 

3.        ¿Qué es el Cielo de Dios?

El Cielo de Dios, este mundo invisible, no es una abstracción, un sueño fruto de nuestra imaginación; no es una idea o un simple concepto; no es una realidad abstracta y lejana; no es un mundo virtual, en el que podemos alienarnos y olvidarnos de todo.

El Cielo de Dios es una realidad cercana, que está presente ya ahora, en nuestra vida; más que un lugar es la misma presencia de Dios, que se manifiesta y que desborda de amor por nosotros. Es la realidad más concreta, más real, fuente y destino de esta realidad material en que vivimos. Es el origen de este mundo, la fuente de la vida verdadera. Todo viene de allá, porque todo ha sido creado por Dios, y todo está destinado a regresar al Cielo: por esto Cristo asciende.

El Cielo no es la distancia abismal de Dios, sino su infinita cercanía. El invisible está presente en todo lo visible, y le da consistencia. “El cielo no es un más allá, sino que es el nivel más próximo de la realidad. Decir, por tanto, que Cristo subió a los cielos, equivale a decir que descendió a la profundidad de las cosas. Cristo descendió a la profundidad de nuestro ser y, por eso, nos domina y nos constituye”[1].

El Cielo de Dios es la plenitud que tanto deseamos: vivimos en esta tierra con la nostalgia del Cielo y nos consuela saber que el morir no significa nuestro desaparecer, sino entrar en la morada de Dios, la morada de la vida plena.

 

Silencio y oración

La Ascensión significa que, si queremos alcanzar el Cielo, el lugar que anhelamos en el profundo de nuestro corazón y al cual verdaderamente pertenecemos, tenemos que abandonarnos a la Persona de Cristo, quien nos quiere reunir a todos con Él. Necesitamos del silencio y de la oración para que el Cielo viva en esta tierra, habite en nuestros corazones.


[1] Luigi Giussani, Para vivir la liturgia: un testimonio. Apuntes de meditaciones comunitarias, Ediciones Encuentro, Madrid 2007, p. 89.

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