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IV Domingo de cuaresma (Jn 9, 1-41)

  • P. Giovanni Ferrari
  • 14 mar
  • 3 Min. de lectura

En estas semanas de Cuaresma, los evangelios nos van acercando a lo que es el significado

del bautismo, que justamente se suele celebrar, para los adultos, en la noche de Pascua. La

semana pasada vimos a la Samaritana, que recibía de Cristo el agua, símbolo de la vida.

Hoy vemos a un ciego de nacimiento que recibe de Jesús la vista, símbolo de la fe.

Al final de mi primer año de seminario recuerdo que quedé impactado por una frase de un

libro que decía que la fe es un camino de la mirada, un camino de la ceguera a la vista. Esta

frase me llamó mucho la atención porque era justo lo que yo estaba viviendo desde que

había decidido donarme al Señor: era como si, por primera vez, pudiera ver una profundidad de la realidad de la que antes no me daba cuenta.

Unos años más tarde me tocó la dicha de acompañar a un enfermo en sus últimos meses de

vida, que me decía lo mismo: desde que se enfermó, sus ojos por fin se habían abierto para

ver la realidad de Dios.

En cambio, hace pocos días viví la experiencia contraria. Pasé una tarde en una universidad

muy reconocida de la ciudad y como tenía tiempo, me fijé en los jóvenes que pasaban por la

cafetería. Estaban todos muy bien vestidos y arreglados, pero sus palabras eran vacías. Eran

como ciegos que esperan ser sanados para ver la verdadera profundidad de la vida, que es

Cristo. De esto nos habla el Evangelio de hoy.

«En aquel tiempo, Jesús vio al pasar a un ciego de nacimiento» (Jn 9,1). Así empieza el

Evangelio. Al final de la historia, los fariseos le preguntan a Jesús: «¿También nosotros

estamos ciegos?». Jesús les hace entender que sí: también ellos, aunque vean, viven en la

ceguera del pecado.

Por lo tanto, podemos decir que todos sufrimos de una ceguera que nos acompaña desde

nuestro nacimiento. Las cegueras en nuestra vida pueden ser muchas, pero la ceguera más

grande es la falta de fe, la falta de sentido en la vida, la falta de una perspectiva eterna sobre las cosas, la falta de una mirada de misericordia sobre nosotros mismos. En fin, la falta de Cristo. De hecho, Jesús se presenta a sus discípulos como la luz del mundo (cfr. Jn 9,5).

Por ser la luz del mundo, Jesús hace el milagro de devolver la vista a ese hombre, haciendo

lodo con la saliva y poniéndoselo en los ojos. Jesús cumple este milagro que nos recuerda la

creación del hombre en Génesis: también Dios sacó al hombre del barro. De hecho, Jesús

está creando nuevamente al hombre: no nos basta solo la vida biológica para vivir;

necesitamos también la vida sobrenatural que Cristo donó a este hombre y que sigue

donándonos a nosotros a través de sus sacramentos.

Después del milagro empieza un proceso en el que Jesús es el acusado. «¿Quién es este

hombre que hace milagros en sábado?», se preguntan los vecinos, los fariseos y los judíos.

Todos quieren saber quién es Jesús y se lo preguntan al ciego que acababa de recuperar la

vista.


Al principio les contestó que no sabía quién era. Pero al final del Evangelio, Jesús le

pregunta: «¿Crees tú en el Hijo del hombre, el que está hablando contigo?» (cfr. Jn 9,35). Él

le contesta: «Creo, Señor». Y, postrándose, lo adoró (Jn 9,38). Como la samaritana, también

el ciego de nacimiento empieza desconociendo quién es Jesús, para llegar a reconocer su

divinidad.

Por eso Jesús termina diciendo: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos» (Jn 9,39).

El Señor quiere sanar nuestros ojos, quiere que por fin podamos ver su presencia en nuestra

vida y no dejarnos engañar por los ídolos. Pero nos pide una sencillez de corazón por la que

podamos reconocer nuestra ceguera y pedirle humildemente: «Señor, ven y sana mi

ceguera, porque tú eres la luz del mundo».


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