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Domingo XXIX Tiempo Ordinario – Año A

P. Gabriele Saccani
hace 6 días
3 min de lectura

“Que nuestra voluntad sea dócil a la tuya”, acabamos de rezar en la oración de colecta, al comienzo de la misa. Cada día, cuando rezamos el Padre Nuestro, decimos a Dios “hágase tu voluntad”. En la forma de hablar cotidiana, también se siguen pronunciando oraciones como “primero Dios”, “con el favor de Dios”, queriendo subrayar que primero viene la voluntad del Señor, y luego la nuestra.


¿Qué quiere decir hacer la voluntad de Dios?. Jesucristo, en este evangelio quiere de alguna forma ayudarnos a comprenderlo. Es algo fundamental en la vida, lograr comprender y hacer la voluntad del Señor. ¿Acaso puede nuestra vida humana, de creaturas, encontrar paz, aliento, plenitud fuera de esta santa voluntad de Dios?. ¿Acaso podemos ser independientes de Aquel que nos ha creado?. Quizá muchas decepciones, tristezas, soledades y fracasos dependen simplemente de esto: que hicimos de nuestra vida un proyecto personal, sin tomar en cuneta lo que Dios ha preparado para cada uno. Del hecho que consideramos nuestra vida como algo “nuestro”, como una propiedad exclusiva, como material manipulable con el cual podemos hacer lo que queramos…y claro que podemos hacerlo, nadie nos obliga a nada. El punto es que la vida del ser humano no puede alcanzar plenitud fuera de la relación con Dios.


La primera consideración fundamental acerca de la voluntad de Dios es la siguiente: “Él es quien los ha elegido” (1 Tes 1). Nos ha elegido Dios dándonos la vida, regalándonos la adopción a hijos en el bautismo, y por último, dándonos el don de la fe. Dios nos elige, somos sus elegidos, amados y queridos desde la eternidad. Nuestra vida, por lo tanto, solo puede encontrar descanso en la aceptación de esta elección, en la respuesta libre y de amor a la elección de Dios. Dios nos llama y nuestra libertad se realiza en la respuesta filial. Cada acción, cada decisión, cada pensamiento es la ocasión concreta de responder al Señor que nos ha llamado. Cada circunstancia la podemos vivir como respuesta a su elección. Preguntas como “qué trabajo hacer”, “qué universidad elegir”, “qué hacer en el tiempo libre”, “cómo estar en familia”…las podemos contestar de esta forma: ¿Qué es lo que el Señor me pide a mí aquí y ahora?.


Cristo, en el evangelio de hoy, nos ayuda aún más. Dice que hacer la voluntad de Dios es “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22). Es decir, en la vida necesitamos no solo lo humano y terrenal, sino también lo espiritual y divino. Somos seres espirituales, que no pueden realizarse y encontrar plenitud y paz sin una vida espiritual. “Dar al César”, podríamos interpretarlo como cuidar de las necesidades físicas y humanas (comer, dormir, trabajar, tener familia y amigos…). “Dar a Dios”, quiere decir encontrar espacios concretos, reales de oración, de meditación de las Escrituras, de silencio. ¿Cuándo y cuánto damos a Dios lo que es de Dios?.


Obviamente la participación dominical en la misa es un primer paso…pero esto no es suficiente; es la base, pero falta todo lo demás. Alimentar la vida espiritual quiere decir encontrar tiempo de lectura, de escucha, de meditación, de adoración eucarística. Si una persona trabaja y no tiene tiempo, puede escuchar un buen podcast de formación cristina en lo que se dirige a su oficina o rezar el rosario manejando. Podríamos empezar simplemente con la lectura de la vida de un santo, o de una revista católica, o del evangelio, 10 o 15 minutos cada día.


De esta forma, nuestra voluntad empieza a hacerse dócil a lo que Dios pide de nosotros. Y así vamos construyendo nuestra vida y su Reino a la vez.



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