Dios en busca del hombre
- P. Tommaso Badiani
- hace 2 días
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Todas las religiones antiguas, a pesar de sus diferencias, tienen algo en común: en todas ellas es el ser humano quien busca a Dios. Puede hacerlo para recibir un favor, como una buena cosecha, la protección de un ser querido que se ha ido de viaje o la defensa del pueblo. En otras ocasiones, el ser humano puede buscar a Dios por miedo, porque concibe a un Dios caprichoso o vengativo, capaz de provocar hambrunas o catástrofes naturales. En otros casos, el ser humano intenta entrar en relación con un dios lejano e indiferente a la condición humana.
No se trata de situaciones ajenas a la nuestra. Sin darnos cuenta, aunque seamos cristianos, podemos tener una relación con Dios muy parecida: verlo como un ser lejano e indiferente a nuestra vida, cuya atención tenemos que mendigar. Se trata de una relación basada en el poder: Dios es un ser poderoso al que invoco, por miedo o por conveniencia, para que utilice su poder y me proteja o cumpla mis deseos. La Revelación nos propone una perspectiva opuesta.
La Escritura nos presenta a un Dios que busca continuamente al ser humano. Dios busca a Adán y Eva después de la caída (Gén 3, 9), a Caín después de que este haya matado a su hermano Abel (Gén 4, 9), a Noé para que ponga a salvo a su familia y una pareja de cada ser viviente (Gén 6, 18-19), a Abrán para crear una nueva nación (Gén 12, 2) y a Moisés para que libre a su pueblo de la esclavitud egipcia (Éx 3, 4).
Los ejemplos son muchísimos, pero todos nos dicen lo mismo: Dios va en busca del hombre, no al revés. Se pasa de una relación basada en el poder a otra basada en el amor: Dios, el Todopoderoso, el Absoluto, aquel que no necesita a nadie, viene en busca del ser humano, un ser finito y frágil. En la primera lectura, Dios se preocupa por el pueblo de Israel, que está sediento en el desierto, y a través de Moisés les da de beber.
La búsqueda de Dios hacia el ser humano alcanza su culmen con la Encarnación. San Juan afirma: «Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió a su Hijo único a este mundo» (1 Jn 4, 9). Jesús nos ha dicho que Dios no es un Dios indiferente a la condición humana, sino un Padre que se preocupa por sus hijos. Jesús no solo nos lo dijo, sino que también nos lo mostró y nos reveló el amor del Padre.
El encuentro de Jesús con la samaritana que acabamos de leer es un ejemplo maravilloso de ese amor divino que busca al hombre que se ha alejado de Dios. Jesús se encuentra en Judea y tiene que ir a Galilea. Si miramos el mapa, veremos que para ir de Judea a Galilea no hay que pasar por Samaria. Sin embargo, Jesús quiere pasar por esta región. Quiere encontrar a la mujer samaritana. Cuando la encuentra, le pide de beber. Como estaban en el desierto, la sed de Jesús es real; sin embargo, revela una sed más profunda. San Agustín comenta: «El que pedía beber tenía sed de la fe de aquella mujer». (Tratado sobre el Evangelio de San Juan, XV, 11).
En Jesús, Dios revela su anhelo de relacionarse con el ser humano.
Ese amor divino que, de manera casi obsesiva, nos busca y nos alcanza hoy a través de la Iglesia. Pensamos en los cristianos que trabajan en hospitales, que cuidan a los pobres, que enseñan en escuelas, que van de misión a países donde no conocen a Cristo, que visitan a los enfermos y que se implican en política para el bien común. Cada cristiano, cada bautizado, es como una célula del cuerpo de Cristo, un glóbulo rojo de su sangre que, atravesando los desiertos y las calles polvorientas de las ciudades, busca a los samaritanos de todos los tiempos.
Este es el gran anuncio cristiano: Dios no es un dios extraño a nuestra vida, a nuestros dolores ni a nuestra búsqueda de significado: «En esto está el amor: no es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima por nuestros pecados» (1 Jn 4, 10).




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