• Parroquia María Inmaculada

Dónde encontramos la Salvación



Dios, por medio de Sor Faustina, quiere despertar nuevamente en el hombre contemporáneo el sentido de su misericordia. El Señor le encomienda la misión de dar a conocer a todos los hombres el deseo que Él tiene de que cada uno de nosotros se salve. La tarea de Sor Faustina se dirige, sobre todo, a los agonizantes, necesitados de la misericordia de Dios.

Sor Faustina era una mística, tenía visiones extraordinarias; se encontró muchas veces con Jesús en persona, asistía a las almas de los moribundos en el momento de su muerte. Una vez, cuando tenía 31 años, el Ángel la llevó a visitar el infierno; una experiencia que la desconcertó totalmente, al punto que en sus diarios no encuentra ni siquiera las palabras para describir lo que vio, a pesar de que Dios mismo le hubiera ordenado describir esa visión para que las personas estuviesen enteradas del riesgo que corren.

En realidad, en la mayoría de sus revelaciones, el Señor le enseña, ante todo, la grandeza de su perdón. Lo que Dios enseña a Sor Faustina es algo novedoso: la salvación no es una meta de tenemos que alcanzar a lo largo de nuestra vida por medio de grandes esfuerzos, más bien, es un don totalmente gratuito de Dios, de su misericordia, a cualquier persona que lo invoque arrepentida. Uno puede tener la vida más desordenada e irreligiosa, sin embargo, si en un momento lograra gritar a Dios, con genuino arrepentimiento, una súplica de perdón, esto será suficiente para llevarlo al cielo. Nos enseña que, en orden a la salvación, no cuenta tanto nuestra coherencia moral, sino la verdad de nuestra invocación a Dios.

Sor Faustina tuvo el privilegio de volverse cooperadora de Cristo en la obra de salvación de las almas. El Señor quiso hacer de ella un apóstol de la Divina Misericordia. Ante todo, le pidió que difundiera esta fe y esta devoción. Luego, la invitó a ofrecer su vida y sus sufrimientos para la salvación de las almas agonizantes.

Dios está buscando “apóstoles de la Divina Misericordia”, personas que, siguiendo el ejemplo de Sor Faustina, crean en su Divina Misericordia, le dirijan oraciones y ofrezcan sus vidas para la salvación de las almas. San Juan Pablo II fue, después de sor Faustina, el más importante apóstol de la Divina Misericordia; la conoció desde joven, cuando durante la guerra iba a trabajar en la mina de piedra, pasaba todos los días al Santuario de la Divina Misericordia. Canonizó a Sor Faustina, instituyó la fiesta que celebramos hoy, un santuario en Roma, y las indulgencias plenarias por esta devoción. Y cada uno de nosotros puede volverse, con sencillez, apóstol de la Divina Misericordia, acogiendo la invitación que Jesús nos dirige por medio de las revelaciones a Sor Faustina.

¿Cuáles son los pilares de esta devoción? La imagen de Jesús "Divina Misericordia" y la Coronilla.

Ante todo, Jesús quiere que veneremos su imagen. He aquí un extracto del diario de Sor Faustina que habla del retrato de la Divina Misericordia.

Al anochecer, estando en mi celda, vi al Señor Jesús vestido con una túnica blanca. Tenía una mano levantada para bendecir y con la otra tocaba la túnica sobre el pecho. De la abertura de la túnica en el pecho, salían dos grandes rayos: uno rojo y otro pálido. En silencio, atentamente miraba al Señor, mi alma estaba llena del temor, pero también de una gran alegría. Después de un momento, Jesús me dijo: Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: Jesús, en Ti confío. Deseo que esta imagen sea venerada primero en tu capilla y [luego] en el mundo entero. (Diario de Sor Faustina, n. 47)

En segundo lugar, la Coronilla, una plegaria que sigue la estructura del Rosario. La oración central dice: Padre Eterno, te ofrezco el Cuerpo, la Sangre, el alma y la divinidad de tu amadísimo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, para el perdón de nuestros pecados y los del mundo entero (Diario de Sor Faustina, nn. 475-476). Nos enseña, así, a ofrecer al Padre lo más valioso que tenemos para el bien de las almas: el mismo sacrificio pascual.

Lo que Jesús desea es que aprendamos a encomendarnos a Él, de forma que la Divina Misericordia pueda salvarnos con libertad. La enseñanza que esta santa recibe es algo para cada uno de nosotros; como dice en otra parte del diario, “La humanidad no encontrará la paz hasta que no se vuelva con confianza a mi Misericordia” (Diario de Sor Faustina, n. 300). Jesús es el único salvador del mundo, y lo único que tenemos que hacer es volvernos radicalmente hacia Él, y pedir por todas las almas que necesitan de su Divina Misericordia, a empezar por las nuestras.

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