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¿Por qué tiemblan de ser redimidos?

  • Foto del escritor: Parroquia María Inmaculada
    Parroquia María Inmaculada
  • hace 4 días
  • 4 Min. de lectura

Para comprender el acontecimiento de la Transfiguración de Jesús es útil retomar la secuencia de los sucesos, así como los presenta el Evangelista San Mateo.

Pedro no se fijó sólo en la apariencia

Ante todo, el evento preliminar fue la confesión de fe de los apóstoles – fue como la primera vez que la Iglesia profesaba su fe, como lo hacemos todos los domingos cuando repetimos el Credo, en la Misa. La primera profesión la pronunció Pedro, con estas palabras: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16). Comenta San León Magno: “El apóstol Pedro, elevándose, por revelación del Padre celestial, sobre lo corpóreo y lo humano, vio con los ojos del alma al Hijo de Dios vivo, y confesó la gloria de la divinidad, ya que no se fijó solo en la sustancia de la carne ni de la sangre”[1].

Salvará su alma el que no teme perderla por Cristo

En seguida, animado por la fe de los apóstoles, Jesús decide darles el primer anuncio de su pasión (Mt 16, 21-23), diciéndoles que “debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día”. En ese momento, el mismo apóstol Pedro responde negativamente, queriendo evitar ese camino de dolor al Señor, y Jesús lo reprende, enseñándoles: “¡Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (Mt 16, 23). Y añade que ese mismo camino de sufrimientos lo tiene que recorrer todo discípulo de Jesús, porque sólo “salvará su alma el que no teme perderla por Cristo”[2].

Desde luego, aunque Pedro y los demás apóstoles ya habían confesado su fe en Cristo, no podía ser fácil para ellos entender que su camino junto a Jesús tenía que ser un camino de la cruz, “Via Crucis”. De aquí se entiende la Transfiguración. Nuestro Señor decidió consolar a los suyos enseñándoles el resplandor de su gloria, “para que adquiriesen los apóstoles una inquebrantable fortaleza y no temblasen ante la aspereza de la cruz, para que no se avergonzasen de la pasión de Cristo”[3]. Una lección que entendió bien la Iglesia, que enseña con San Pablo: “Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros” (Rm 8, 18). La Iglesia recibe la Cruz de Cristo para recibir, por medio de ella, la gloria de Dios.

El verdadero gozo es corporal, mental y espiritual

Detengámonos ahora un momento en la reacción de Pedro ante la presencia del Cristo glorioso, acompañado por la voz del Padre y la compañía de Moisés y Elías. Dice el apóstol: “Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”. Podemos pensar, sin miedo a equivocarnos, que pocos hombres han vivido una experiencia de plenitud en su vida como la que vivieron Pedro, Juan y Santiago el día de la Transfiguración. Vieron lo definitivo, la belleza y la bondad en su plena manifestación, la gloria de Dios sin el velo de un cuerpo humano – ya sea el cuerpo de Jesús o la humanidad de la Iglesia.

La verdadera felicidad, en la vida, se da cuando uno es pleno en toda su persona, cuerpo, alma y espíritu: en cambio, normalmente, nos contentamos con la satisfacción del cuerpo, o con la emoción de un estado de ánimo alegre… sin darnos cuenta de que esa satisfacción no es plena si no alcanza el espíritu. Nuestra persona se regocija en todas sus dimensiones cuando todas hacen experiencia conjuntamente de la presencia viva del Dios que nos ama. Pedro conoció ese gozo pleno, y por eso no quería que pasara ese momento, no quería bajarse del monte Tabor. “Señor, ¡qué bien se está aquí!”.

El verdadero gozo es una experiencia de unidad

¿Cuál es la razón de ese gozo pleno? La visión de la unidad perfecta, o sea, la experiencia de la comunión realizada, que es la plenitud a la que anhela nuestro corazón.

El día de la Transfiguración el Hijo se mostró en una completa unión con el Padre, y los apóstoles lo pudieron percibir físicamente. Mientras nosotros, normalmente, entendemos la unidad de Dios sólo como una idea, como un concepto que nuestra mente capta, los apóstoles vieron y tocaron esa unidad: “La voz que sale de la nube anuncia al Padre a los oídos, como el resplandor que emana del cuerpo revela el hijo a los ojos”[4]. Y la voz dice: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo” (Mt 17, 5).

“Este es mi Hijo. No nos separa la divinidad, ni nos divide el poder, ni nos diferencia la eternidad. Este es mi Hijo, no adoptivo, sino propio; no creado por otro, sino engendrado por mí mismo; ni pertenece a otra naturaleza semejante a la mía, sino que, nacido de mi sustancia, es igual a mí mismo. … Jamás se ha dividido nuestra unidad”[5].

No se avergüence nadie de la cruz de Cristo

El secreto de nuestra vocación, por lo tanto, es escuchar al Hijo. Es Él quien “abre el camino del cielo y por el suplicio de la cruz les prepara la escala para subir al reino. ¿Por qué tiemblan de ser redimidos? ¿Por qué temen, desahuciados, de ser curados? … Arrojen de ustedes el temor carnal y ármense con la constancia que inspira la fe. … No se avergüence nadie de la cruz de Cristo, por la cual ha sido rescatado el mundo”[6].


[1] San León Magno, Homilías sobre el año litúrgico, 190.

[2] Op. cit., 191.

[3] Op. cit., 191.

[4] Op. cit. 193.

[5] Op. cit. 194.

[6] Op. cit. 194-195.

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