XXIV Domingo del Tiempo Ordinario – Año A
El Señor, a través de las lecturas de hoy, quiere enseñarnos una faceta más de la caridad, del amor. Se trata de una exigencia de la vida cristiana: el perdón. El perdón cristiano es algo que va muchomás allá de un perdón humano.
Jesús le dice a Pedro que tenemos que perdonar siempre («70 veces 7» significa bíblicamente«siempre»). Entonces, como sabemos que no es nada fácil, ¿de dónde sacar la fuerza y la compasión para perdonar al otro? Perdonar no es olvidar; es algo radicalmente diferente y, digámoslo ahora, humanamente imposible.
El Antiguo Testamento (en el libro del Eclesiástico) tiene una afirmación interesante. Cito: «Piensa en tu fin (…), piensa en tu sepulcro». Es como preguntarse a uno mismo: ¿qué voy a dejar al mundo?, ¿en mi vida he construido, aunque sea con un pequeño ladrillo, el Reino de Dios? El Antiguo Testamento nos invita a pensar en el momento final de nuestra vida y en el juicio al que seremos todos sometidos según nuestras obras. Siempre es un ejercicio saludable pensar en este momento de la vida: el último.
San Pablo (2.ª lectura, a los Romanos), por haber recibido el anuncio de la Revelación de Dios en Cristo, puede dar una respuesta aún más interesante y profunda, la cual tiene que ver no solo con nuestro futuro («piensa en tu futuro, en tu muerte»), sino con nuestro presente, aquí y ahora. Nos dice que, frente a la tentación de hacernos dueños de la vida y no tener el valor de perdonar, podemos en cambio vivir para Dios, entrar en una relación con el Señor Jesús y, así, no tener miedo al juicio. Encontrar en Cristo la fuerza del perdón. Entendemos que el perdón no nace de nuestras fuerzas, sino de la relación personal con Jesucristo.
En el Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús dice precisamente esto. ¿Cuál es la salvación del siervo que tiene la gran deuda? Entrar en relación con el rey, aceptar su compasión, pedir paciencia y misericordia. «Tú también hubieras hecho lo mismo que yo hice contigo», dice el rey. Desde la compasión de Dios por nuestra vida, nace en nosotros la compasión hacia el prójimo. Quien se considera ya «bueno», se pierde lo mejor. Quien piensa no necesitar la misericordia de Dios, no tendrá misericordia de los demás. Por el amor que recibimos, podemos amar.
Entendemos que perdonar cristianamente es una nueva creación; es aceptar en nuestra vida la gracia de Cristo que recrea, renueva, hace nuevas todas las relaciones heridas y nos permite tener paciencia con el prójimo. Por esto, perdonar no es olvidar: es tratar de entrar en el corazón del otro, ponerse en sus zapatos y considerar sus propias heridas. A veces podemos decir: «He perdonado, he olvidado… pero no quiero tener ya nada que ver con fulano». Esto no es perdón cristiano, es todavía humano. Sabemos que hemos perdonado en Cristo cuando estoy otra vez abierto a tratar con la otra persona, a darle otra posibilidad; cuando estoy dispuesto otra vez, por amor a Dios, a dejarme incluso herir de nuevo por apostar por la libertad del otro. Esto es lo que hizo Cristo: se dejó herir, aceptó morir por nosotros, apostó por nuestra libertad cuando todavía éramos pecadores.
Cristo pide que amemos con su propio amor.
Pidamos vivir siempre, cada día de la vida, en relación con el Señor Jesús. Que la memoria de su Presencia sea para nosotros la más grande compañía y la fuente de la misericordia. Así sea.





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