XXII Domingo TO Jm 20, 7-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27
Actualizado: 3 sept
El Evangelio de este domingo nos ayuda a entrar en la corazón del
cristianismo.
El domingo pasado leímos la profesión de Pedro. Jesús pregunta a los
apóstoles: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». Pedro, con la impetuosidad
que lo caracterizaba, exclama: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt
16,16). Jesús lo alaba: «Sobre ti edificaré mi Iglesia». Podemos imaginar a
Pedro, lleno de sano orgullo, alabado por el Maestro: el primero de la clase.
El episodio de esta mañana ocurre unos segundos después. Jesús abre su
corazón a sus amigos y les comparte el terrible destino que le espera: ser
entregado a las autoridades, acusado con falsos testimonios, juzgado culpable
y condenado a muerte. Pedro, lleno y engreído por los elogios y la
responsabilidad de jefe que acababa de recibir, lleva aparte a Jesús, movido
por la obligación de tranquilizar a su Maestro: «No lo permita Dios, Señor;
eso no te puede suceder a ti». Al escuchar estas palabras, la respuesta de
Jesús llega de inmediato: «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme
tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de
los hombres!». Podemos imaginar la pena y la humillación de Pedro. Las
palabras de Jesús son como una aguja que, en pocos segundos, desinfla el
orgullo del apóstol.
El primer Papa de la historia de la Iglesia, aquel que da nombre a todos los
266 papas que vienen después de él, es llamado Satanás por Jesús.
Imaginemos a Jesús llamando Satanás al papa León XIV frente al colegio de
los cardenales por una frase que dijo con toda buena intención. Sin embargo,
Jesús no cambió de idea. Dijo Pedro, y Pedro fue.
¿Qué es lo que este episodio nos enseña sobre el cristianismo?
A diferencia de las demás religiones, en las que tengo que cumplir con ciertas
reglas y portarme bien para ir al cielo, el cristianismo es, ante todo, la noticia
de que el cielo ha bajado para venir en busca de mí. El Padre, del cual nos ha
hablado Jesús, no nos dice: «Si cumples con estos deberes, te amaré». No, al
contrario, nos dice: «Quiero que sepas que yo te amo». «El Padre mismo los
ama» (Jn 16,27). Todas mis acciones, todo lo bueno que puedo hacer en mi
vida, son una respuesta, el intento, a menudo torpe, de corresponder a este
amor previo. Como un enamorado que se pone bello para su amada.
Desde que entré en la Iglesia y descubrí el amor de Cristo y del Padre hacia
mi vida, no me he vuelto más bueno, más paciente, más preciso ni más
ordenado. Mis hermanos pueden confirmarlo. Al contrario, con el paso del
tiempo he descubierto que soy mucho más pérfido de lo que pensaba, que, a
pesar de mis esfuerzos por esconder mi torpeza, esta sigue persiguiéndome.
Ha crecido en mí una percepción aguda de que soy un desastre en las
relaciones con la gente, con mis hermanos y con los superiores. Sin embargo,
nadie puede quitarme el hecho de que, en el encuentro con Cristo, me he
descubierto amado. Cristo ama mi torpeza. El cristianismo es la relación con
Uno que me dice: «Yo quiero al torpe que eres».
Pedro no fue elegido cabeza de la Iglesia por ser el más inteligente o
moralmente recto de los apóstoles. Les recuerdo que casi mató a un soldado
cuando fueron por Jesús, que traicionó a su Maestro de una forma miserable
y que, en los Hechos de los Apóstoles, Pablo lo regañó por haberse apartado
con los judíos y alejado de los paganos. Juan era mucho más profundo que
Pedro; Pablo, mucho más inteligente.
Pedro fue elegido porque, a pesar de su imprudencia, precipitación,
impetuosidad y torpeza, siempre dejó que en él dominara la relación con el
Maestro. Después de su penosa traición, fue suficiente la mirada de Jesús
para que Pedro, «saliendo fuera, llorara amargamente» (Mt 26,75). Pedro se
identificó tanto con su Maestro que terminó su vida muriendo en la cruz,
siguiendo a Cristo hasta la cruz. Esta es la razón de su grandeza: no una
perfección moral, sino un corazón totalmente dominado por el amor de su
Señor. Pedro encarnó plenamente las palabras de Pablo: «El amor de Cristo
nos apremia» (2 Cor 5,14).
Pidamos que así sea nuestra vida cristiana: no dominada por la preocupación
por una perfección moral, sino por la tensión continua de corresponder al
amor que Cristo nos ha demostrado.




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