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XXII Domingo TO Jm 20, 7-9; Rm 12, 1-2; Mt 16, 21-27

P. Tommaso Badiani
30 ago
3 min de lectura

Actualizado: 3 sept

El Evangelio de este domingo nos ayuda a entrar en la corazón del

cristianismo.

El domingo pasado leímos la profesión de Pedro. Jesús pregunta a los

apóstoles: «¿Quién dicen ustedes que soy yo?». Pedro, con la impetuosidad

que lo caracterizaba, exclama: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt

16,16). Jesús lo alaba: «Sobre ti edificaré mi Iglesia». Podemos imaginar a

Pedro, lleno de sano orgullo, alabado por el Maestro: el primero de la clase.

El episodio de esta mañana ocurre unos segundos después. Jesús abre su

corazón a sus amigos y les comparte el terrible destino que le espera: ser

entregado a las autoridades, acusado con falsos testimonios, juzgado culpable

y condenado a muerte. Pedro, lleno y engreído por los elogios y la

responsabilidad de jefe que acababa de recibir, lleva aparte a Jesús, movido

por la obligación de tranquilizar a su Maestro: «No lo permita Dios, Señor;

eso no te puede suceder a ti». Al escuchar estas palabras, la respuesta de

Jesús llega de inmediato: «¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme

tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de

los hombres!». Podemos imaginar la pena y la humillación de Pedro. Las

palabras de Jesús son como una aguja que, en pocos segundos, desinfla el

orgullo del apóstol.

El primer Papa de la historia de la Iglesia, aquel que da nombre a todos los

266 papas que vienen después de él, es llamado Satanás por Jesús.

Imaginemos a Jesús llamando Satanás al papa León XIV frente al colegio de

los cardenales por una frase que dijo con toda buena intención. Sin embargo,

Jesús no cambió de idea. Dijo Pedro, y Pedro fue.

¿Qué es lo que este episodio nos enseña sobre el cristianismo?

A diferencia de las demás religiones, en las que tengo que cumplir con ciertas

reglas y portarme bien para ir al cielo, el cristianismo es, ante todo, la noticia

de que el cielo ha bajado para venir en busca de mí. El Padre, del cual nos ha

hablado Jesús, no nos dice: «Si cumples con estos deberes, te amaré». No, al

contrario, nos dice: «Quiero que sepas que yo te amo». «El Padre mismo los

ama» (Jn 16,27). Todas mis acciones, todo lo bueno que puedo hacer en mi

vida, son una respuesta, el intento, a menudo torpe, de corresponder a este

amor previo. Como un enamorado que se pone bello para su amada.

Desde que entré en la Iglesia y descubrí el amor de Cristo y del Padre hacia

mi vida, no me he vuelto más bueno, más paciente, más preciso ni más

ordenado. Mis hermanos pueden confirmarlo. Al contrario, con el paso del

tiempo he descubierto que soy mucho más pérfido de lo que pensaba, que, a

pesar de mis esfuerzos por esconder mi torpeza, esta sigue persiguiéndome.

Ha crecido en mí una percepción aguda de que soy un desastre en las

relaciones con la gente, con mis hermanos y con los superiores. Sin embargo,

nadie puede quitarme el hecho de que, en el encuentro con Cristo, me he

descubierto amado. Cristo ama mi torpeza. El cristianismo es la relación con

Uno que me dice: «Yo quiero al torpe que eres».

Pedro no fue elegido cabeza de la Iglesia por ser el más inteligente o

moralmente recto de los apóstoles. Les recuerdo que casi mató a un soldado

cuando fueron por Jesús, que traicionó a su Maestro de una forma miserable

y que, en los Hechos de los Apóstoles, Pablo lo regañó por haberse apartado

con los judíos y alejado de los paganos. Juan era mucho más profundo que

Pedro; Pablo, mucho más inteligente.

Pedro fue elegido porque, a pesar de su imprudencia, precipitación,

impetuosidad y torpeza, siempre dejó que en él dominara la relación con el

Maestro. Después de su penosa traición, fue suficiente la mirada de Jesús

para que Pedro, «saliendo fuera, llorara amargamente» (Mt 26,75). Pedro se

identificó tanto con su Maestro que terminó su vida muriendo en la cruz,

siguiendo a Cristo hasta la cruz. Esta es la razón de su grandeza: no una

perfección moral, sino un corazón totalmente dominado por el amor de su

Señor. Pedro encarnó plenamente las palabras de Pablo: «El amor de Cristo

nos apremia» (2 Cor 5,14).

Pidamos que así sea nuestra vida cristiana: no dominada por la preocupación

por una perfección moral, sino por la tensión continua de corresponder al

amor que Cristo nos ha demostrado.


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