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¡Sean uno, sean santos!

P. Davide Tonini
5 sept
2 min de lectura

Homilía del domingo XXIII del tiempo ordinario


Todos los domingos, a la hora de decir el Credo, afirmamos que la Iglesia es

santa. Esto es realmente verdadero, aunque no de la manera que podemos

imaginar. La Iglesia es santa no tanto porque todos los bautizados seamos

perfectos, al contrario; es santa porque Cristo, el esposo de la Iglesia, la ama

hasta morir por ella; y con el sacrificio de su vida y el don de su Espíritu, la

transforma continuamente. ¡Es Cristo que hace de la Iglesia la realidad más santa

que exista en el universo! A pesar de todos nuestros límites, realmente

caminamos hacia la santidad, en la medida en que deseamos corresponder a ese

amor infinito del Señor.


En el Evangelio de hoy, Jesús proporciona una norma de comportamiento que

tiene que ver precisamente con la santidad. Si un hermano peca, corrígelo; si no

se deja, involucra dos o tres personas, para que la corrección sea más clara y

objetiva, y el hermano sea ayudado en su camino de conversión; si tampoco así

decide cambiar, entonces llévalo ante la autoridad de la Iglesia. Los párrocos

debemos encarnar esa autoridad de la Iglesia que sirve a la comunidad para

dirimir cuestiones entre hermanos y, con la ayuda de Dios, propiciar una

reconciliación en el espíritu. ¡Cuántas veces en estos años tuve que aconsejar o

reprender a quienes se encontraba divididos dentro de una misma familia!


Esta norma de comportamiento no es para nada sencilla: cuesta trabajo corregir a

un hermano que va por el mal camino. A menudo pensamos, o se nos podría

reclamar: ¿con qué autoridad corriges? La respuesta es sencilla: corrijo por el

mandato del Señor que, de forma explícita, en este Evangelio, nos da el derecho y

el deber de corregir al prójimo. ¡Más aún, corregir es necesario precisamente para

que la Iglesia sea santa! Si yo me desentiendo de mi hermano, los dos perdemos

la vida y la gracia, como aclara muy bien la primera lectura:


Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú

no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su

culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas

para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás

salvado tu vida (Ez 33, 8-9).


Al fondo, la santidad de la Iglesia coincide con su unidad (de hecho, profesamos

ante todo que la Iglesia es una y santa). La unidad de la Iglesia es una gracia y

una tarea: ¡no dejemos sólo a ningún hermano! Al contrario, con infinita paciencia

y caridad, busquemos siempre retomar el diálogo, la relación, el camino en el que

Dios Padre nos ha puesto juntos, para que lleguemos a ser uno en Cristo. Nuestro

destino es vivir la comunión total en Él, ya en esta vida y de forma definitiva en la

eternidad.


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