¡Sean uno, sean santos!
Homilía del domingo XXIII del tiempo ordinario
Todos los domingos, a la hora de decir el Credo, afirmamos que la Iglesia es
santa. Esto es realmente verdadero, aunque no de la manera que podemos
imaginar. La Iglesia es santa no tanto porque todos los bautizados seamos
perfectos, al contrario; es santa porque Cristo, el esposo de la Iglesia, la ama
hasta morir por ella; y con el sacrificio de su vida y el don de su Espíritu, la
transforma continuamente. ¡Es Cristo que hace de la Iglesia la realidad más santa
que exista en el universo! A pesar de todos nuestros límites, realmente
caminamos hacia la santidad, en la medida en que deseamos corresponder a ese
amor infinito del Señor.
En el Evangelio de hoy, Jesús proporciona una norma de comportamiento que
tiene que ver precisamente con la santidad. Si un hermano peca, corrígelo; si no
se deja, involucra dos o tres personas, para que la corrección sea más clara y
objetiva, y el hermano sea ayudado en su camino de conversión; si tampoco así
decide cambiar, entonces llévalo ante la autoridad de la Iglesia. Los párrocos
debemos encarnar esa autoridad de la Iglesia que sirve a la comunidad para
dirimir cuestiones entre hermanos y, con la ayuda de Dios, propiciar una
reconciliación en el espíritu. ¡Cuántas veces en estos años tuve que aconsejar o
reprender a quienes se encontraba divididos dentro de una misma familia!
Esta norma de comportamiento no es para nada sencilla: cuesta trabajo corregir a
un hermano que va por el mal camino. A menudo pensamos, o se nos podría
reclamar: ¿con qué autoridad corriges? La respuesta es sencilla: corrijo por el
mandato del Señor que, de forma explícita, en este Evangelio, nos da el derecho y
el deber de corregir al prójimo. ¡Más aún, corregir es necesario precisamente para
que la Iglesia sea santa! Si yo me desentiendo de mi hermano, los dos perdemos
la vida y la gracia, como aclara muy bien la primera lectura:
Si yo pronuncio sentencia de muerte contra un hombre, porque es malvado, y tú
no lo amonestas para que se aparte del mal camino, el malvado morirá por su
culpa, pero yo te pediré a ti cuentas de su vida. En cambio, si tú lo amonestas
para que deje su mal camino y él no lo deja, morirá por su culpa, pero tú habrás
salvado tu vida (Ez 33, 8-9).
Al fondo, la santidad de la Iglesia coincide con su unidad (de hecho, profesamos
ante todo que la Iglesia es una y santa). La unidad de la Iglesia es una gracia y
una tarea: ¡no dejemos sólo a ningún hermano! Al contrario, con infinita paciencia
y caridad, busquemos siempre retomar el diálogo, la relación, el camino en el que
Dios Padre nos ha puesto juntos, para que lleguemos a ser uno en Cristo. Nuestro
destino es vivir la comunión total en Él, ya en esta vida y de forma definitiva en la
eternidad.





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