• Parroquia María Inmaculada

Jesús es el rostro del Padre

Actualizado: feb 6

Para comentar la Liturgia de la Palabra del día de hoy, voy a repetir conceptos e ideas conocidas, que sé que ya se saben de memoria; sin embargo, volver a llamar a la memoria las cosas fundamentales es una forma sencilla para volvernos a centrar en lo esencial; nos ayuda a “adorar al Señor con toda el alma y amar a todos los hombres con afecto espiritual”, como señalaba la Oración Colecta al comienzo de la Misa.

El Catecismo de la Iglesia católica (no. 516) nos enseña que “Toda la vida de Cristo es Revelación del Padre: sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su manera de ser y de hablar”. Desde siempre la humanidad espera conocer a Dios y encontrarlo. Un dios desconocido es un dios que no ayuda, y que incluso infunde miedo. Hemos escuchado en la primera lectura que los judíos pedían no volver a oír la voz del Señor, porque no querían morir. Y Moisés les prometió: Dios hará surgir en medio de ustedes un profeta como yo, que les revelará a Dios mismo. Es Jesús, quien pudo decir: “Quien me ve a mí, ve al Padre” (Jn 14,9).

Como decía, un dios desconocido infunde temor y no proporciona el auxilio que el hombre espera de él… pensemos en los ritos paganos, fruto de la creatividad humana, como dejan insatisfecho al hombre religioso que acude a ellos, e incluso lo hacen esclavo. Al contrario, Jesús, manifestándose, empieza con nosotros una historia nueva: los que creen en Cristo, ya no temen a Dios, sino que saben que pueden buscarlo con confianza, saben dónde encontrarlo, saben que su voluntad es un proyecto de bien para su vida, y se esfuerzan justamente para cumplir con ella, se empeñan en un camino de conversión continuo. Esto es la revolución de Cristo y del cristianismo. No estás solo, y no estás abandonando a la ignorancia en tema de tus deseos y de tus creencias: ¡tienes a Jesús y en Él lo tienes todo!

Ahora bien, “el descubrimiento de Cristo como realidad decisiva, a la que unirse con todo nuestro propio mundo, nace como consecuencia de una convivencia…” (L. Giussani, Huellas de experiencia cristiana, Ediciones Encuentro, Madrid 1989, 51-52). Si prestamos atención al Evangelio, la gente se iba convenciendo de que Jesús era Dios por medio de la convivencia con Él, por medio del tiempo que le dedicaban y la disponibilidad con la cual escuchaban sus palabras y seguían sus pasos. Es lo mismo para nosotros, hoy en día: la gran aventura de la vida humana es reconocer la fuerza de su presencia, conviviendo con Él, y verificando cómo su amistad cambia nuestra vida. “El compromiso en este camino es condición para poder acoger y comprender la oferta que supone el encuentro con Cristo” (ibídem).

¡Que bello poder recordarnos estas cosas sencillas! Realmente es la ternura de la Iglesia, que como madre cuida nuestros pasos y permite que nuestras personas se regeneren nuevamente por medio del encuentro con Cristo, aun en tiempos de pandemia.

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