Domingo semana 25 año A, 20 de septiembre, México.
La parábola de hoy habla de varios trabajadores y quisiera detenerme en los
que trabajaron en la última hora de la tarde, cuando la jornada ya estaba a punto
de terminar. Conviene saber que un denario, la paga que el dueño de la viña da a
los obreros, era la cantidad de dinero necesaria para dar de comer a una familia.
El jornalero espera todos los días que alguien lo contrate, porque si no logra
encontrar trabajo ese día no sabe cómo darle de comer a su familia. Además, una
persona que no trabaja, que no hace nada durante el día, se siente inútil y este es
un peligro muy grave. A veces hemos podido experimentarlo también nosotros; a
veces podemos sentirnos inútiles, inadecuados y esta situación abre paso a la
tristeza. Si soy inútil, la pregunta sobre el sentido de mi vida es casi inevitable.
Esta es la situación de los trabajadores que se quedaron ociosos en la plaza.
Esta es la condición de muchas personas, hoy en día, que no han encontrado a
nadie que les dé una oportunidad, que les enseñe el sentido de su vida, que los
haga sentirse útiles, que les enseñe la belleza y el sabor de la vida.
Si la parábola hablara de una empresa cualquiera cuyo objetivo fuera obtener
ganancias, entonces estas personas estarían desesperadas. Sin embargo, la
parábola habla del Reino de los cielos que tiene otra lógica. Esto resulta evidente
por el comportamiento del dueño de la viña. Él no busca trabajadores solamente
para que su viña produzca frutos, sino para entrar en relación con los
trabajadores, se preocupa por ellos, quiere que no estén ociosos en la plaza sin
hacer nada, sino que quiere darles una oportunidad a todos, se preocupa de que
todos tengan trabajo, de que todos se sientan útiles, de que encuentren el sentido
de su jornada y de su vida. El dueño no se rinde nunca: sale a todas las horas del
día.
A veces nosotros podríamos rendirnos, podemos pensar que una jornada que
empezó con el pie izquierdo ya no tiene solución, en cambio, el Señor no se rinde.
Nosotros sí, Él no. Él quiere llamarnos a cualquier hora del día; podemos pasar
todo el día en la apatía total, en la inutilidad total, pero si en la última hora del día
encontramos al Señor, Él nos dará nuestra paga, nos dará lo que necesitamos
para vivir, nos mostrará el sentido, la utilidad de nuestro vivir. Basta un solo
momento de misericordia para salvar un día entero, para salvar una vida entera.
Esta parábola está llena de esperanza porque nos dice que el Señor sigue
creyendo en nosotros y nos recuerda que siempre vale la pena, aunque sea en la
última hora, siempre somos preciosos a sus ojos.
Y además, al final del día, todos recibimos lo que necesitamos, todos entramos
a trabajar en su viña, todos entramos en el Reino de los cielos. Aquí podría surgir
una duda ¿no es injusto que todos reciban lo mismo? sin embargo, para el Señor
la justicia es que todos reciban lo que necesitan y, sobre todo, ¿qué es mejor?
¿estar con el Señor desde la mañana temprano o solamente al último instante?
¿colaborar desde el comienzo a la obra de Dios o llegar solamente al final? Si
tenemos conciencia de estamos construyendo la obra de arte más grande de la
historia, de que estamos construyendo el Reino de los cielos, entonces todos
quisiéramos estar desde el inicio.
Así que, no podemos desanimarnos nunca, incluso cuando nuestra vida no
parece ofrecernos nada, incluso cuando todo parece sin sentido. Pidamos al
Señor que salga una vez más a nuestro encuentro, nos alcance y nos contrate. ¡El
Señor es generoso y llegará pronto!





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