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XV Domingo – Año A

  • P. Gabriele Saccani
  • 12 jul
  • 2 min de lectura

La parábola de este evangelio –el sembrador que sale a sembrar– es una de las pocas que Jesús mismo comenta e interpreta, dándonos él mismo el significado correcto.

De hecho, podemos intuir el porqué de esta explicación de Cristo: tiene que ver con la

recepción misma de la Palabra de Dios por parte del género humano. Podríamos decir que,

efectivamente, en nuestra vida no existen cosas más importantes que estas: recibir la palabra de Dios (que en realidad es una persona, es Cristo mismo), meditarla y vivirla. Es decir, dejar que Cristo –toda su persona, su enseñanza, sus acciones– se vuelva la brújula de nuestra existencia; que la Palabra hecha carne conquiste con su gracia toda nuestra vida. Este es el centro de la vida cristiana: abrazar y recibir en nuestra vida al Señor que toca a la puerta.

En la parábola podemos ver los obstáculos principales para que esta recepción vital de Jesús se vuelva principio de acción en nosotros.


El primero es la falta de constancia. Es el hombre inconstante, que se acerca de vez en cuando a la Iglesia, que se entusiasma fácilmente y cree que la fe se fundamenta en las emociones. Esta forma de vivir no aguanta el paso del tiempo, las pruebas de la vida y los inevitables azotes del enemigo para que caigamos.


El segundo es la seducción de las riquezas y las preocupaciones de la vida. Es cuando vivimos de ídolos que no son Dios y anteponemos las comodidades, el dinero y el trabajo a Cristo. No es que consideremos sin importancia la fe, pero no la ponemos en el centro; nos conformamos con respetar los preceptos básicos, con ir a misa los domingos. Pero no nos encendemos en amor por el Señor, no profundizamos en la fe. A la larga, esta actitud puede volverse una rutina en la vivencia de la fe, la cual, poco a poco, puede incluso llegar a apagarse.


Nosotros estamos llamados, según la palabra de este evangelio, a ser tierra fértil, como María. De hecho, tenemos un modelo imprescindible a seguir: María, la cual recibió por primera vez, y carnalmente, la Palabra en su corazón. En ella, el Verbo se hizo carne; la Palabra encontró aquella tierra fértil que permitió la Encarnación.


Pidamos ser como María, humildes receptores del gran don de Dios. Abiertos siempre a

escuchar la voz del Señor y a no dejar caer ni una sola palabra de su boca.


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