• Parroquia María Inmaculada

¿Qué tenemos que hacer, hermanos?

El que estamos viviendo es un tiempo difícil. Debido a la pandemia que está azotando la mayoría de los países del mundo, todos estamos más expuestos, ante la incertidumbre del futuro, a probar sentimientos de angustia o miedo.

Quizás albergue en nosotros también la pregunta que el día de Pentecostés muchos israelitas le hicieron a Pedro, que les había anteriormente anunciado el misterio de la muerte y de la resurrección del Señor, tocándoles el corazón. Y la pregunta que le hicieron a Pedro y a los demás apóstoles, como hemos escuchado en la primera lectura, es la siguiente: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” (Hechos 2, 14ª. 36 – 41).

Es una pregunta muy sencilla, pero a la vez muy verdadera, porque nace de una conciencia humilde y a la vez, manifiesta una disponibilidad sincera a dejarse cuestionar.

¿Y cómo contesta Pedro a la pregunta de la multitud? Con estas palabras: “Arrepiéntanse y bautícense en el nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados y recibirán el Espíritu Santo”.

Por lo tanto, Pedro invita a sus oyentes a realizar el acto más sencillo e importante para la vida de un creyente, es decir el acto de “arrepentirse”. Podríamos expresar la postura del arrepentimiento con estas palabras: “Me arrepiento, Señor, es decir, reconozco la desproporción infinita que existe entre tu ser eterno y perfecto y mi pobre persona, frágil y pecadora”. Es la primera indicación que la palabra de Dios nos da para el tiempo presente.

En la segunda lectura es siempre el apóstol Pedro que nos habla y nos da otra indicación: “Soportar con paciencia los sufrimientos que les vienen a ustedes por hacer el bien, es cosa agradable a los ojos de Dios” (1Pe 2, 20b – 25). Es la virtud de la paciencia: no se trata de una resignación pasiva ante los acontecimientos de la vida presente, sino de la iniciativa personal de vivirlos junto con el Señor, sufriendo con Él, por el bien nuestro y de la humanidad.

Y finalmente hemos escuchado el Evangelio según San Juan (Juan 10, 1 – 10), con la bellísima imagen del “pastor que camina delante de las ovejas y ellas lo siguen”. Afirmando que es el Buen Pastor, Jesús, en el fondo, declara abiertamente que asume - sin reservas - la responsabilidad del rebaño que Dios le ha encomendado. Por lo tanto, se trata de palabras que expresan decisión y seguridad, y encierran una promesa. La promesa es la siguiente: “Hoy, como ayer y mañana, yo estaré siempre con ustedes, como el Buen Pastor está con sus ovejas”.

Queridos hermanos y hermanas, hemos tenido la gracia de escuchar palabras que llegan al corazón y que nos indican un camino luminoso para vivir el tiempo presente: arrepentimiento, paciencia y confianza total en la promesa del Señor, que, como Pastor Bueno, siempre cuidará de nosotros, porque se lo ha prometido, una vez para siempre, al Padre, que lo ha enviado.

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