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Domingo semana 14 año A

  • Foto del escritor: P. Stefano Peruzzo
    P. Stefano Peruzzo
  • 5 jul
  • 3 min de lectura

El Evangelio de hoy es una alabanza de Jesús a Dios Padre por revelar estas cosas a la gente sencilla. Jesús habla del conocimiento del Padre. Ante todo, en el lenguaje bíblico el conocimiento no es simplemente tener informaciones sobre alguien o algo, sino una relación profunda, íntima, vivencial. De esto habla Jesús. Hoy en día, hemos perdido esta forma de conocimiento, hemos perdido el significado profundo y auténtico del conocer, especialmente del conocer a una persona. Hoy en día, cuando queremos conocer algo buscamos informaciones en internet y leemos las primeras líneas que aparecen, pero esto no es conocer. Para conocer hace falta tiempo, paciencia, perseverancia y sobre todo es un proceso que involucra toda nuestra persona involucra nuestra razón, nuestro intelecto, nuestros sentimientos, nuestra afectividad. Se conoce solamente lo que se ama y se ama solamente lo que se conoce.

Para que yo pueda conocer a una persona hace falta en mí un interés, un movimiento de libertad por mi parte que se acerca a la persona, pero también hace falta un movimiento de libertad por parte de la otra persona, porque yo puedo acercarme, preguntar, pero si el otro no quiere abrirse entonces yo nunca podré conocer a esta persona. Lo mismo vale con Dios.


A lo largo de la historia todas las culturas han intentado conocer la intimidad de Dios, ver su rostro, llamarlo amigo. A propósito de esto, pongo solamente dos ejemplos: cuando San Pablo llega a Atenas se percata de que los griegos habían construido un altar dedicado al “Dios desconocido”, mientras que aquí, el rey Netzahualcóyotl escribió poemas sobre el “Dador de la vida”, deseando conocerle, deseando ser amigo suyo. Conocer a Dios, entonces, es una gracia, un don totalmente gratuito por su parte que se apiada de nosotros, que se enamora de sus criaturas y quiere conocerlas, quiere ser su amigo, tal como dice Jesús en otra ocasión: “los he llamado amigos”. No demos por descontado estas cosas: Dios se nos ha revelado. Y nos ha revelado su parte más íntima, nos ha revelado su naturaleza, nos ha revelado que es amor, nos ha revelado sus tesoros más preciosos. Cuando un amigo me revela algo íntimo suyo es para mí una gran alegría, porque significa que este amigo se fía de mí, me quiere, y también es una responsabilidad porque no puedo traicionar su confianza.

Ahora, se entiende por qué Dios Padre ha revelado estas cosas, su intimidad, a la gente sencilla y no a los sabios y entendidos. Yo no quiero abrir mi corazón a una persona que me juzga todo el tiempo, a un egoísta que habla siempre de sí mismo, a uno que no quiere escucharme, a uno que no me acoge en su vida. Pensémoslo, ¡qué aburrido es estar delante de una persona que habla solamente de sí y no me escucha, y no quiere saber cómo estoy! ¡Qué incómodo es estar frente a una persona que no me acoge! ¿Cómo puedo abrir mi corazón a una persona así?

El Señor hace lo mismo, Él se enamora de la gente sencilla, de la gente humilde, que sabe escuchar, que sabe acoger. A estas personas es a quienes el Señor se revela, a quienes abre su corazón, a quienes deja entrar en su intimidad; de ellas se enamora y con ellas no tiene secretos.

Nuestra tarea es propiciar que el Señor se enamore de nosotros cada vez más para que comparta su intimidad con nosotros. El Señor desea revelarse, desea ardientemente darse a conocer y por eso tenemos que pedir la gracia de ser humildes, ser sencillos. Sencillos y humildes como la Virgen María a la cual el Dios Padre no solamente se reveló, sino que quiso nacer en ella, quiso ser su Hijo.



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